Hoy no escribiré, la hoja en blanco me parece más fea; me resultará desagradable deshacer esa fealdad inmaculada.
Ahora, en cambio, parece ponerme morritos, para que vuelva a mancharla, a violarla de suciedad, solo para que pueda decir que escribieron sobre ella.
No sabe que toda mi literatura, la que componen todas sus compañeras ya manchadas, ahora hace llorar, por lo que ya me ensañé con ellas.
Sólo miedo, sólo abandono, egoísmo y desesperación, nada más que soledad.
Esta hoja inmaculada no se imagina lo que puedo llegar a decir en ella, no sabe cuánto puedo llegar a ensuciarla. Pero ahí sigue, igual de inocente, igual de insensata, tan infantil y blanca que cualquier deseo ennegrece su rostro.
Alguna vez quizá me aproxime, quizá sea capaz de elegir y ordenar las palabras de tal forma que casi brillen tanto como su virginidad. Sabiendo que no es posible hacerlo, voy a dejar que hable ella, que pida ella, que suplique, que llore o anhele, o anhele llorando, sin que yo haya tenido nada que ver.
Así nacieron Scout y la fosforera, porque sus dioses casi no manchaban a tus hermanas al profanarlas. Casi se puede oír en ellas un grito de alegría, de satisfacción, por albergar esa inocencia y esa humildad desgarradora. Me dan ganas de ser como vosotras, para así poder comprobar y saborear la sabiduría de lo infantil y vengar y arropar la pobreza más desgarradora. Y después el final feliz, con el que os encumbran y pasáis a ser antología, orgullo de raza.
Hoy no escribiré, para no hacerte llorar, como las otras veces, para no poner triste a Scout, para no pasar de largo sin calentarte en el invierno de su mirada tierna, para no ser cómplice de ningún Scorta en sus fechorías.
...todavía hay falsos recuerdos que añoran lo que no pasó. Todavía guardas mis secretos, los tuyos guardo yo.
lunes, 6 de diciembre de 2010
domingo, 17 de octubre de 2010
Lecciones
No me asusté de la vida. Me senté con ella, la respetaba, y hablamos mucho tiempo. Decía muchas cosas tristes sobre ella. A veces también sonreía y, de las cosas que hablaba entonces, parecía más segura.
Al terminar, fumamos despacio, sintiendo que ya no podíamos envejecer más.
Nos estudiábamos despacio, pero sólo yo seguía aprendiendo.
Dejen de intentar entenderme y procuren quererme. Entonces solo seré un sencillo niño al que todo le impresionará y asustará.
Al terminar, fumamos despacio, sintiendo que ya no podíamos envejecer más.
Nos estudiábamos despacio, pero sólo yo seguía aprendiendo.
Dejen de intentar entenderme y procuren quererme. Entonces solo seré un sencillo niño al que todo le impresionará y asustará.
martes, 5 de octubre de 2010
No sé qué es esto ni de donde ha salido
Mi vida es como un maldito cigarro. Nací, y alguien, en alguna parte del mundo, se encendió un cigarro. Me gusta pensar que estaba oscuro y había silencio. Casi no importa el paisaje que estuviera contemplando. Con la primera calada, me salieron algunos dientes. A la vez, los años finales de mi vida estaban cada vez más cerca.
Se acercaban cuando el humo salía despacio de su boca.
Yo me consumía con cada cosa buena que hacía. Porque todos esos que creían que yo era bueno, no podían imaginarse lo podrido que pude llegar a estar. Que estoy.
Por dentro me vanagloriaba de todo. Cada éxito, cada palabra humilde que conseguía decir, cada abrazo que di y confortó, consoló, cada palabra que escribí y ayudó, cada minuto que gasté en hacer reír, cada detalle, todo, estaba sucio. Como si antes de entregarlo, cada una de las cosas que he dicho, las hubiera mojado en veneno. Mi vida fue muy corta. Porque ese veneno me fue inyectado con la primera calada que dieron unos labios extrañamente familiares y desconocidos en alguna parte del mundo.
El cigarro es cada vez más corto, cada vez está más consumido. Sigo igual de malo, a la vez que mi existencia se escapa en el aire. Y el desconocido no deja de fumar.
¿Se puede vivir enfermo por dentro y mejorar algo en el exterior de mi cuerpo?
Lo hice. A cambio yo me apago, dejo de tener fuerzas para vivir. En vez de crecer, a fuerza de arder, no de amor ni nada de eso, sino de pura soberbia, encojo hasta que el desconocido se lleve mis últimas fuerzas en un último suspiro lento, cuando me escape convertido en otra materia, en el aire, y entre él, ya no se me reconozca el rostro.
Pienso, ¿no he hecho por lo menos algo bueno? ¿Soy una especie de sacrificio humano?
Soñé y sufrí igual que muchos, igual que todos los que vivimos en la tierra. Pero los humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Yo nací, pero ni crecí ni me reproduje. Sí he muerto. La colilla ha caído por una ventana, y antes de caer al suelo, puedo comprobar que está lloviendo, y me gusta pensar que por lo menos alguien llora por mí. Por lo que tuvo que hacer conmigo para que otros pudieran sobrevivir a tanto sufrimiento, fruto de sueños rotos. Me gustaba ser la lumbre en la oscuridad.
Se acercaban cuando el humo salía despacio de su boca.
Yo me consumía con cada cosa buena que hacía. Porque todos esos que creían que yo era bueno, no podían imaginarse lo podrido que pude llegar a estar. Que estoy.
Por dentro me vanagloriaba de todo. Cada éxito, cada palabra humilde que conseguía decir, cada abrazo que di y confortó, consoló, cada palabra que escribí y ayudó, cada minuto que gasté en hacer reír, cada detalle, todo, estaba sucio. Como si antes de entregarlo, cada una de las cosas que he dicho, las hubiera mojado en veneno. Mi vida fue muy corta. Porque ese veneno me fue inyectado con la primera calada que dieron unos labios extrañamente familiares y desconocidos en alguna parte del mundo.
El cigarro es cada vez más corto, cada vez está más consumido. Sigo igual de malo, a la vez que mi existencia se escapa en el aire. Y el desconocido no deja de fumar.
¿Se puede vivir enfermo por dentro y mejorar algo en el exterior de mi cuerpo?
Lo hice. A cambio yo me apago, dejo de tener fuerzas para vivir. En vez de crecer, a fuerza de arder, no de amor ni nada de eso, sino de pura soberbia, encojo hasta que el desconocido se lleve mis últimas fuerzas en un último suspiro lento, cuando me escape convertido en otra materia, en el aire, y entre él, ya no se me reconozca el rostro.
Pienso, ¿no he hecho por lo menos algo bueno? ¿Soy una especie de sacrificio humano?
Soñé y sufrí igual que muchos, igual que todos los que vivimos en la tierra. Pero los humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Yo nací, pero ni crecí ni me reproduje. Sí he muerto. La colilla ha caído por una ventana, y antes de caer al suelo, puedo comprobar que está lloviendo, y me gusta pensar que por lo menos alguien llora por mí. Por lo que tuvo que hacer conmigo para que otros pudieran sobrevivir a tanto sufrimiento, fruto de sueños rotos. Me gustaba ser la lumbre en la oscuridad.
jueves, 19 de agosto de 2010
todo lo que tú quieres
Esa mañana se marchó de casa. Ni siquiera había habido juicio. Todavía se querían un poco. Su nuevo piso no estaba tan lejos después de todo.
Pasaron dos semanas. Era incapaz de no pensar en aquellas tres mujeres que le habían quitado de su lado. No sabía bien a quién se dirigía cuando imprecaba al aire, si a un destino injusto o a algo que los controlaba a todos y a veces parecía no darse cuenta de nada. Estaba seguro de que en algún sitio sus reclamaciones eran recogidas pero, si sólo servían para abultar un archivo sobre los problemas de la humanidad, seguía estando como en el principio, como si las quejas no hubieran llegado a ser formuladas jamás.
Un día, harto de su soledad, a la hora de la cena, se dirigió decidido a su antiguo hogar. Anduvo deprisa entre gente extraña que, ajena, no parecía darse cuenta de lo que iba a acontecer en tan solo unos minutos, cuando atravesara otra vez el umbral de su hogar; algo tan grande como recibir un beso sincero de una hija que apenas sabía contar hasta cinco, pero que sin embargo era capaz de levantar el ánimo más hundido y salvar a cualquiera del infierno con un gesto tan gratuito.
Las escaleras hasta el tercer piso apenas le parecieron tres escalones, tantas ganas tenia ya de entrar en su vida de nuevo. Pero al ir a llamar al timbre, se detuvo. Un miedo, una mala conciencia, un arrebato de auto acusación brutal, le instaron a apartar la mano temblorosa del interruptor. Sólo pudo apoyarse en la pared y dejarse caer despacio, pensando siempre en aquel momento estúpido en que, como por un minúsculo instante sospechó, le arruinaba ahora la existencia.
Sentado, más miserable que cualquier vagabundo de la calle, tuvo que conformarse con escuchar, a través de la madera, las voces, las risas, la vida que se desarrollaba a apenas centímetros.
Desolado, pero confortado por lo bueno que él mismo había contribuido a crear, cada noche se acercaba a la misma puerta, y pegaba el oído, buscando oír el mínimo atisbo de aquella vida que seguía sin él, como un barco que ignora a un náufrago, porque un día no se había atrevido a huir.
Pasaron dos semanas. Era incapaz de no pensar en aquellas tres mujeres que le habían quitado de su lado. No sabía bien a quién se dirigía cuando imprecaba al aire, si a un destino injusto o a algo que los controlaba a todos y a veces parecía no darse cuenta de nada. Estaba seguro de que en algún sitio sus reclamaciones eran recogidas pero, si sólo servían para abultar un archivo sobre los problemas de la humanidad, seguía estando como en el principio, como si las quejas no hubieran llegado a ser formuladas jamás.
Un día, harto de su soledad, a la hora de la cena, se dirigió decidido a su antiguo hogar. Anduvo deprisa entre gente extraña que, ajena, no parecía darse cuenta de lo que iba a acontecer en tan solo unos minutos, cuando atravesara otra vez el umbral de su hogar; algo tan grande como recibir un beso sincero de una hija que apenas sabía contar hasta cinco, pero que sin embargo era capaz de levantar el ánimo más hundido y salvar a cualquiera del infierno con un gesto tan gratuito.
Las escaleras hasta el tercer piso apenas le parecieron tres escalones, tantas ganas tenia ya de entrar en su vida de nuevo. Pero al ir a llamar al timbre, se detuvo. Un miedo, una mala conciencia, un arrebato de auto acusación brutal, le instaron a apartar la mano temblorosa del interruptor. Sólo pudo apoyarse en la pared y dejarse caer despacio, pensando siempre en aquel momento estúpido en que, como por un minúsculo instante sospechó, le arruinaba ahora la existencia.
Sentado, más miserable que cualquier vagabundo de la calle, tuvo que conformarse con escuchar, a través de la madera, las voces, las risas, la vida que se desarrollaba a apenas centímetros.
Desolado, pero confortado por lo bueno que él mismo había contribuido a crear, cada noche se acercaba a la misma puerta, y pegaba el oído, buscando oír el mínimo atisbo de aquella vida que seguía sin él, como un barco que ignora a un náufrago, porque un día no se había atrevido a huir.
jueves, 5 de agosto de 2010
Ahora yo
Cigarro, y entre el humo que sale de mi boca, vuelvo a hacerlo. Otra vez a acordarme de la tristeza de Holden, a echar de menos lo mismo que Enrique Urquijo.
A veces me da cien patadas la gente feliz, la que nunca parece haberlo pasado mal.
Jode estar al otro lado. Jode no tener los motivos para estar así, y sin embargo estarlo como los otros, personajes ficticios o personas con falsos recuerdos, que, joder, añoran lo que no pasó. ¿Querer sentirse mal por algo bueno? Es lo que hay.
Después vuelves a dar otra calada, y piensas que ya es hora de cerrar algunas puertas, de acabar con todo lo que te lastra y te hace retroceder. Duele y jode más que cualquier cosa que haya conocido.
-Flaca... -un suspiro se escurre en la oscuridad y el silencio- no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo, no me duele, no me hace mal.
Ni siquiera miro si te has vuelto. Tengo un cigarro, también un proyecto que espero dure más en mi cabeza que él, y poco más. Ganas de liarme a leches con la vida de una vez, de cabrearme por cosas que lo merezcan, de crecer. Entretanto voy preparándome. Ya lo creo. Tiene gracia; en vez de atacar, de luchar, lo único que voy haciendo es frenar. Vamos tirando, como le gusta decir a aquél. Ya lo creo.
Ella, ella, ella, ella, ella también, tendrán que guardar la fila. Coger número, que coño sé.
¡NO! Deja ya de echar de menos a todo el mundo, es mejor contar cosas a la gente. Es mejor vivir. Hasta aquí, Holden, para. Ya. Ahora yo solo, como cuando te soltaban por fin en la bici, y te la pegabas contra el árbol a los dos putos metros.
Ahora, la vida. A por ellos.
A veces me da cien patadas la gente feliz, la que nunca parece haberlo pasado mal.
Jode estar al otro lado. Jode no tener los motivos para estar así, y sin embargo estarlo como los otros, personajes ficticios o personas con falsos recuerdos, que, joder, añoran lo que no pasó. ¿Querer sentirse mal por algo bueno? Es lo que hay.
Después vuelves a dar otra calada, y piensas que ya es hora de cerrar algunas puertas, de acabar con todo lo que te lastra y te hace retroceder. Duele y jode más que cualquier cosa que haya conocido.
-Flaca... -un suspiro se escurre en la oscuridad y el silencio- no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo, no me duele, no me hace mal.
Ni siquiera miro si te has vuelto. Tengo un cigarro, también un proyecto que espero dure más en mi cabeza que él, y poco más. Ganas de liarme a leches con la vida de una vez, de cabrearme por cosas que lo merezcan, de crecer. Entretanto voy preparándome. Ya lo creo. Tiene gracia; en vez de atacar, de luchar, lo único que voy haciendo es frenar. Vamos tirando, como le gusta decir a aquél. Ya lo creo.
Ella, ella, ella, ella, ella también, tendrán que guardar la fila. Coger número, que coño sé.
¡NO! Deja ya de echar de menos a todo el mundo, es mejor contar cosas a la gente. Es mejor vivir. Hasta aquí, Holden, para. Ya. Ahora yo solo, como cuando te soltaban por fin en la bici, y te la pegabas contra el árbol a los dos putos metros.
Ahora, la vida. A por ellos.
sábado, 24 de julio de 2010
(González) Blanco
Que Raúl deje el Real Madrid significa que la identidad del club queda dolorosamente mermada. Es así porque jugadores con ese carácter madridista luchador y experimentado no abundan en el equipo blanco. El peso de Raúl en la plantilla no lo puede llevar ahora mismo ni Kaká, ni Cristiano, ni Xavi Alonso, ni menos Dí María o Pedro León. Todavía no llevan lo suficiente para echarse el equipo a la espalda cuando la cosa se ponga fea en el campo. Para ser voz del equipo, sin que se creen discusiones estúpidas entre las estrellitas blancas.
Quizá tenía que haber esperado a ser relevado, no en la posición, donde hace ya tiempo que se ha visto superado por la juventud de otros, sino en la capacidad para tomar decisiones dentro del vestuario. Casillas es ahora el que manda, pero al no poder hacerlo de la forma absoluta que Raúl se ha ganado al llevar 16 años en un equipo, es peligrosa la incertidumbre sobre quién representa el mando en el vestuario.
Creo que Raúl se equivoca marchándose. Es cierto que ya no compite al nivel de otros, pero jugadores como Paolo Maldini, Del Piero, Giggs, o Zanetti, son ya más importantes en sus equipos, no por lo que puedan aportar físicamente en noventa minutos, sino por su presencia en la plantilla, su veteranía, su experiencia.
Jugadores como ellos llevan la bandera, el estandarte, y solo con esa experiencia de los años se puede enseñar a un Benzema, un Granero o un Pedro León lo que conlleva vestir el blanco en el Bernabéu y fuera de él.
Es verdad que tu trabajo, Raúl, es jugar al fútbol, y que jode estar viendo el partido arropado por una manta en el banquillo; pero tú ya tienes ligas, Supercopas de España y Europa, Intercontinentales, Copas de Europa, y tienes todo el derecho a decir que en la conquista de esos títulos que han hecho más grande al Real Madrid, tú has tenido mucha culpa. Más de 300 goles en tu carrera. Lama se equivoca diciendo que quizá hayas sido el más sobre valorado jugador español de la historia. Y tú, ¿vas a discutirle? No, porque además de haber ganado esto
• 6 Ligas de España (Real Madrid: 1994-1995, 1996-1997, 2000-2001, 2002-2003, 2006-2007 y 2007-2008)
• 3 Copas de Europa (Real Madrid: 1997-1998, 1999-2000 y 2001-2002)
• 2 Copas Intercontinentales (Real Madrid: 1998 y 2002)
• 1 Supercopa de Europa (Real Madrid: 2002)
• 4 Supercopas de España (Real Madrid: 1997, 2001, 2003 y 2008)
• Máximo goleador de la Liga de España (1998-1999 y 2000-2001)
• Máximo goleador de la Liga de Campeones (1999-2000 y 2000-2001)
• Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo (2006)
• Deportista Español del Año (2007)
• Mejor Delantero de la Liga de Campeones de la UEFA (1999-2000, 2000-2001 y 2002-2003)
• FIFA World Player Bronce (2001)
• Futbolista Europeo del año Plata (2001)
• Bota de Bronce Europea (1999-2000)
• Mejor Jugador Español del Año (1996-1997)
• Máximo Goleador Español según la IFFHS (1999)
• Mejor Jugador de la Copa Intercontinental (1998)
• Jugador del Año (2000)
tú eres más que eso. Tú eres Raúl, el que mandó callar al Camp Nou con un golazo genial. Lo tuyo no son los debates estúpidos, lo tuyo son los goles. Y has metido más de 300 en tu carrera. De todos los colores. Pero el tuyo, el de tu camiseta, el que te identifica, no es el azul del Schalke; lo sabes, Raúl.
Quizá tenía que haber esperado a ser relevado, no en la posición, donde hace ya tiempo que se ha visto superado por la juventud de otros, sino en la capacidad para tomar decisiones dentro del vestuario. Casillas es ahora el que manda, pero al no poder hacerlo de la forma absoluta que Raúl se ha ganado al llevar 16 años en un equipo, es peligrosa la incertidumbre sobre quién representa el mando en el vestuario.
Creo que Raúl se equivoca marchándose. Es cierto que ya no compite al nivel de otros, pero jugadores como Paolo Maldini, Del Piero, Giggs, o Zanetti, son ya más importantes en sus equipos, no por lo que puedan aportar físicamente en noventa minutos, sino por su presencia en la plantilla, su veteranía, su experiencia.
Jugadores como ellos llevan la bandera, el estandarte, y solo con esa experiencia de los años se puede enseñar a un Benzema, un Granero o un Pedro León lo que conlleva vestir el blanco en el Bernabéu y fuera de él.
Es verdad que tu trabajo, Raúl, es jugar al fútbol, y que jode estar viendo el partido arropado por una manta en el banquillo; pero tú ya tienes ligas, Supercopas de España y Europa, Intercontinentales, Copas de Europa, y tienes todo el derecho a decir que en la conquista de esos títulos que han hecho más grande al Real Madrid, tú has tenido mucha culpa. Más de 300 goles en tu carrera. Lama se equivoca diciendo que quizá hayas sido el más sobre valorado jugador español de la historia. Y tú, ¿vas a discutirle? No, porque además de haber ganado esto
• 6 Ligas de España (Real Madrid: 1994-1995, 1996-1997, 2000-2001, 2002-2003, 2006-2007 y 2007-2008)
• 3 Copas de Europa (Real Madrid: 1997-1998, 1999-2000 y 2001-2002)
• 2 Copas Intercontinentales (Real Madrid: 1998 y 2002)
• 1 Supercopa de Europa (Real Madrid: 2002)
• 4 Supercopas de España (Real Madrid: 1997, 2001, 2003 y 2008)
• Máximo goleador de la Liga de España (1998-1999 y 2000-2001)
• Máximo goleador de la Liga de Campeones (1999-2000 y 2000-2001)
• Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo (2006)
• Deportista Español del Año (2007)
• Mejor Delantero de la Liga de Campeones de la UEFA (1999-2000, 2000-2001 y 2002-2003)
• FIFA World Player Bronce (2001)
• Futbolista Europeo del año Plata (2001)
• Bota de Bronce Europea (1999-2000)
• Mejor Jugador Español del Año (1996-1997)
• Máximo Goleador Español según la IFFHS (1999)
• Mejor Jugador de la Copa Intercontinental (1998)
• Jugador del Año (2000)
tú eres más que eso. Tú eres Raúl, el que mandó callar al Camp Nou con un golazo genial. Lo tuyo no son los debates estúpidos, lo tuyo son los goles. Y has metido más de 300 en tu carrera. De todos los colores. Pero el tuyo, el de tu camiseta, el que te identifica, no es el azul del Schalke; lo sabes, Raúl.
lunes, 5 de julio de 2010
Sólo un piti...
Y no volvió, nunca. Pero sí supo de él. No era convencional. Un día no recibió la postal del mes. Era un sobre más grande. No lo abrió. Lo depositó encima de la chimenea. Casi lo quemó. Intentó verlo sin abrirlo. No quería ceder. Qué baja, la curiosidad.
Tenía un poco de orgullo en un cajón guardado. Lo buscó, pero sólo encontró postales enviadas a ella desde todo el mundo: Venecia, Génova, Milán, Oslo, Tokio, Baltimore, Kentucky, Texas, Buenos Aires, Liverpool, Dublín, Sevilla, San Diego, Monterrey. No había ninguna de Nueva York. Le prometió que la llevaría. Con él.
Se rió y dejó de buscar el orgullo en los cajones.
Se acordó. El sobre. La chimenea. Meditó. Se engañó. El sobre se abrió. Ella gritó que no había sido. Sorpresa. Una hoja, vacía. Una postal, al fondo.
“He visto el mundo. He llegado a tu ciudad. Una mujer majestuosa con una antorcha me ha impedido el paso. Dijo que esa es la ciudad de las ilusiones, y que una ilusión agria es mortal para el ser humano. He dado la vuelta. Antes de volver a su isla, la mujer me he dado este papel en blanco que acompaña la postal de New Jersey. Imagina lo que me ha dicho. "No la desperdicies".
Y he pensado que la única forma de no hacerlo era no manchándola con más mentiras.
No te quiero. Pero no entré en Nueva York"
Tenía un poco de orgullo en un cajón guardado. Lo buscó, pero sólo encontró postales enviadas a ella desde todo el mundo: Venecia, Génova, Milán, Oslo, Tokio, Baltimore, Kentucky, Texas, Buenos Aires, Liverpool, Dublín, Sevilla, San Diego, Monterrey. No había ninguna de Nueva York. Le prometió que la llevaría. Con él.
Se rió y dejó de buscar el orgullo en los cajones.
Se acordó. El sobre. La chimenea. Meditó. Se engañó. El sobre se abrió. Ella gritó que no había sido. Sorpresa. Una hoja, vacía. Una postal, al fondo.
“He visto el mundo. He llegado a tu ciudad. Una mujer majestuosa con una antorcha me ha impedido el paso. Dijo que esa es la ciudad de las ilusiones, y que una ilusión agria es mortal para el ser humano. He dado la vuelta. Antes de volver a su isla, la mujer me he dado este papel en blanco que acompaña la postal de New Jersey. Imagina lo que me ha dicho. "No la desperdicies".
Y he pensado que la única forma de no hacerlo era no manchándola con más mentiras.
No te quiero. Pero no entré en Nueva York"
Por encima de todo
Por fin habían llegado a un acuerdo. El precio era razonable si pensaba en los desperfectos de aquella casa que había sido suya en los últimos cuarenta años. Al tejado le faltaban varias tejas. Las enredaderas habían ganado la batalla a su eterno empeño de limpiar el tejado de esas “pequeñas malditas”. Ahora poblaban gran parte del porche y el techo había empezado a filtrar continuas gotas de lluvia al salón principalmente en marzo y abril. Las tuberías estaban en muy mal estado, el suelo a menudo presentaba desconchones, y las paredes eran un espléndido mural de grietas y pintura que padecía lepra. Le gustaba pensar que la que dejaría de ser su casa se quejaba por el paso del tiempo, y por lo bueno que en ella se había vivido. Risas, amor, vida.
Cuarenta años, una mujer querida que tuvo que fallecer de aquel maldito cáncer de pulmón; cuatro hijos, que se fueron cada uno por su lado; y un perro pastor, que todavía ladraba triste buscando perseguir el coche de la difunta señora de la casa, todos los días, esperando a que enfilara el camino de los olmos hacia la casa. Con la mujer desapareció también la vitalidad del hogar. Su figura al piano, su frenético trajinar en la cocina mientras silbaba Blowing in the wind, sus paseos por el jardín y el bosque, los partidos de tenis, tan reñidos como amañados para ella. Todo tomó el tono gris del moribundo, las paredes ya no brillaban, como le parecía a él que lo hacían en vida suya.
Firmó el cheque y miró al abogado. Este sonreía cómo el que acaba de hacerse con una ganga.
- Ha hecho usted un buen negocio, se lo aseguro. No encontrará un precio mejor por esta...- dijo mirando con desprecio disimulado a su hogar- ...casa.
Sintió ganas de hacerle sufrir. Pero ya había vendido su alma al diablo, ya no había vuelta atrás. Se sintió impotente, viejo, abatido. ¿Quién ocuparía esas estancias que habían visto nacer y crecer tanta vida? ¿Qué mujer podía moverse con tanta soltura por la enorme cocina sin parecer acaso una intrusa? Sintió que le faltaba el suelo, las fuerzas le abandonaron y se desmoronó. Durante unos minutos estuvo casi muerto, le parecía que lo que debía ser su alma intentaba salir de su cuerpo acabado.
Pero algo más sucedió. Olvidó su miseria. Encontró un sentimiento nuevo, un peñasco al que todavía podía agarrarse. Unos ojos casi olvidados le habían resucitado. Algo le levantó y se dirigió hacia la que ya había dejado de ser su casa. Le invadía la excitación que precede a los actos capitaneados por la locura más desconocida. Los sesenta años que contaba a sus espaldas no le impidieron llegar rápido a su cuarto, alcanzar la escopeta de caza, que no recordaba haber cargado, pero que lo estaba, y bajar como un rayo. Se adentró en el bosque. La carretera describía una larga curva para rodear la arboleda, que si de largo tenía varios kilómetros, de ancho no tenía mucho. Corría entre los árboles como poseído. Llegó a la carretera a tiempo de escuchar de lejos, acercándose, el sonido de un coche.
.........................................
Anochecía y delante del fuego el viejo pensaba, absorto, lejos de allí, en cómo manejar aquella situación tan enrevesada pero tan sorprendentemente apasionante. Había sido capaz. No se había reconocido en lo que había hecho.
Fuera, el elegante coche del guardaba un cadáver en el maletero. El perro dormitaba junto a una rueda, vigilando la inquietante tranquilidad de la noche.
...................................
Apareció entre la maleza. Cuando el coche se acercó, se plantó delante del camino con gesto serio y los brazos en alto. El coche frenó despacio, como quejándose de interrumpir la velocidad que había seguido hasta el momento. Con el motor todavía encendido, el hombre asomó la cabeza por la ventanilla. Sin mediar palabra, sacó la escopeta de caza que había escondido en una de las botas de montar y le acertó cuatro disparos en la cabeza. Siempre había sido buen tirador. Solía hacer buen papel en los concursos de tiro al plato de la región, que se celebraba en agosto. Ahora, en pleno invierno, había vuelto a ser, inesperadamente, temporada de caza.
....................................
El fuego crepitaba como lo hacen todos los fuegos, con la excepción de que debía ser azuzado muy de vez en cuando por mano del viejo. La escopeta descansaba apoyada en uno de los brazos de la mecedora. Pensaba en la increíble sensación salvaje que había experimentado al disparar. Los disparos se repetían con avidez en su memoria, y hasta sentía un extraño placer al recordarlos. Esa casa seguiría siendo habitada por él, hasta que la vieja hija de puta de la muerte no dijera lo contrario. Ya era hora de empezar a vivir de verdad, se decía a sí mismo.
Por la mañana, se despertó por los golpes que alguien daba en la puerta de madera de la parte de delante, la que estaba junto al porche. Estaba teniendo un sueño tranquilo, ininterrumpido, como hacía mucho. Cauteloso, observó por la ventana al que le había despertado a esas horas. Se olvidó de su mal despertar, y se sorprendió al comprobar que era una mujer, bien vestida, incluso muy atractiva, joven, la que le había despertado. Cambió su enfado por una curiosidad juvenil, y bajó a abrir la puerta casi sonriendo.
- Buenos días, ¿le he despertado?
- No, por Dios, a esta edad ya se duerme poco. ¿Qué quiere?
- La verdad es que pasaba por aquí y al ver esta casa tan preciosa he decidido conocer a su dueño.
La desconfianza crecía a medida que ella hablaba y él la observaba. Pero la curiosidad inocente pudo más, y le pidió que le hiciera el favor de pasar.
- Si me disculpa un momento, subiré a vestirme y enseguida estaré con usted.
Mientras se cambiaba, sentía por dentro una nueva emoción, otra vez estaba excitado y se parecía a sí mismo más joven, con nuevos y renovados encantos. Incluso se permitió ponerse el perfume que había comprado para el funeral de su mujer, dos años antes.
Silbaba cuando bajó por las escaleras. La encontró parada, en medio del salón.
- ¿Desea un café? Es pronto y seguro que le apetece.
- No, tenemos asuntos de los que ocuparnos.
Le invadió una extraña familiaridad. Había escuchado esa voz alguna vez, antes, hacía mucho tiempo. Pero podía jurar que no había visto a esa mujer en su vida.
- ¿De qué asuntos habla?
Cuando lo hubo preguntado, sintió que conocía la respuesta.
- Usted y yo, aunque ya veo que no lo recuerda, hablamos una vez. Le busqué y me habló de todo lo que tenía. Me habló de esta casa, de su mujer, de sus cuatro hijos maravillosos. Le envidié. Le dejé ir. Pero me has vuelto a llamar. Ahora, ven, acércate, bien. Y escucha con atención lo que te voy a decir. Coge la escopeta, ahí al lado de la mecedora. Mírame. Tranquilo. Apoya el cañon en tu sien. Dispara. No lo pienses, vamos, no tengo mucho tiempo. Sonaba dulce y perversa, la voz.
Desconcertado y seducido al mismo tiempo, agarró el arma e hizo lo que la mujer le había sugerido. Se colocó el arma en la sien. Antes de disparar, le pareció que ella palidecía levemente. Justo al reventarse los sesos, vio cómo ella esbozaba una sonrisa misteriosa, como la del que comprueba que tenía razón confirmado sus previsiones.
El viejo animal, que todavía descansaba junto a la rueda, en el jardín, aulló triste al no ver enfilar el coche de la señora, un día más, el camino de los olmos que llegaba hasta la casa.
Cuarenta años, una mujer querida que tuvo que fallecer de aquel maldito cáncer de pulmón; cuatro hijos, que se fueron cada uno por su lado; y un perro pastor, que todavía ladraba triste buscando perseguir el coche de la difunta señora de la casa, todos los días, esperando a que enfilara el camino de los olmos hacia la casa. Con la mujer desapareció también la vitalidad del hogar. Su figura al piano, su frenético trajinar en la cocina mientras silbaba Blowing in the wind, sus paseos por el jardín y el bosque, los partidos de tenis, tan reñidos como amañados para ella. Todo tomó el tono gris del moribundo, las paredes ya no brillaban, como le parecía a él que lo hacían en vida suya.
Firmó el cheque y miró al abogado. Este sonreía cómo el que acaba de hacerse con una ganga.
- Ha hecho usted un buen negocio, se lo aseguro. No encontrará un precio mejor por esta...- dijo mirando con desprecio disimulado a su hogar- ...casa.
Sintió ganas de hacerle sufrir. Pero ya había vendido su alma al diablo, ya no había vuelta atrás. Se sintió impotente, viejo, abatido. ¿Quién ocuparía esas estancias que habían visto nacer y crecer tanta vida? ¿Qué mujer podía moverse con tanta soltura por la enorme cocina sin parecer acaso una intrusa? Sintió que le faltaba el suelo, las fuerzas le abandonaron y se desmoronó. Durante unos minutos estuvo casi muerto, le parecía que lo que debía ser su alma intentaba salir de su cuerpo acabado.
Pero algo más sucedió. Olvidó su miseria. Encontró un sentimiento nuevo, un peñasco al que todavía podía agarrarse. Unos ojos casi olvidados le habían resucitado. Algo le levantó y se dirigió hacia la que ya había dejado de ser su casa. Le invadía la excitación que precede a los actos capitaneados por la locura más desconocida. Los sesenta años que contaba a sus espaldas no le impidieron llegar rápido a su cuarto, alcanzar la escopeta de caza, que no recordaba haber cargado, pero que lo estaba, y bajar como un rayo. Se adentró en el bosque. La carretera describía una larga curva para rodear la arboleda, que si de largo tenía varios kilómetros, de ancho no tenía mucho. Corría entre los árboles como poseído. Llegó a la carretera a tiempo de escuchar de lejos, acercándose, el sonido de un coche.
.........................................
Anochecía y delante del fuego el viejo pensaba, absorto, lejos de allí, en cómo manejar aquella situación tan enrevesada pero tan sorprendentemente apasionante. Había sido capaz. No se había reconocido en lo que había hecho.
Fuera, el elegante coche del guardaba un cadáver en el maletero. El perro dormitaba junto a una rueda, vigilando la inquietante tranquilidad de la noche.
...................................
Apareció entre la maleza. Cuando el coche se acercó, se plantó delante del camino con gesto serio y los brazos en alto. El coche frenó despacio, como quejándose de interrumpir la velocidad que había seguido hasta el momento. Con el motor todavía encendido, el hombre asomó la cabeza por la ventanilla. Sin mediar palabra, sacó la escopeta de caza que había escondido en una de las botas de montar y le acertó cuatro disparos en la cabeza. Siempre había sido buen tirador. Solía hacer buen papel en los concursos de tiro al plato de la región, que se celebraba en agosto. Ahora, en pleno invierno, había vuelto a ser, inesperadamente, temporada de caza.
....................................
El fuego crepitaba como lo hacen todos los fuegos, con la excepción de que debía ser azuzado muy de vez en cuando por mano del viejo. La escopeta descansaba apoyada en uno de los brazos de la mecedora. Pensaba en la increíble sensación salvaje que había experimentado al disparar. Los disparos se repetían con avidez en su memoria, y hasta sentía un extraño placer al recordarlos. Esa casa seguiría siendo habitada por él, hasta que la vieja hija de puta de la muerte no dijera lo contrario. Ya era hora de empezar a vivir de verdad, se decía a sí mismo.
Por la mañana, se despertó por los golpes que alguien daba en la puerta de madera de la parte de delante, la que estaba junto al porche. Estaba teniendo un sueño tranquilo, ininterrumpido, como hacía mucho. Cauteloso, observó por la ventana al que le había despertado a esas horas. Se olvidó de su mal despertar, y se sorprendió al comprobar que era una mujer, bien vestida, incluso muy atractiva, joven, la que le había despertado. Cambió su enfado por una curiosidad juvenil, y bajó a abrir la puerta casi sonriendo.
- Buenos días, ¿le he despertado?
- No, por Dios, a esta edad ya se duerme poco. ¿Qué quiere?
- La verdad es que pasaba por aquí y al ver esta casa tan preciosa he decidido conocer a su dueño.
La desconfianza crecía a medida que ella hablaba y él la observaba. Pero la curiosidad inocente pudo más, y le pidió que le hiciera el favor de pasar.
- Si me disculpa un momento, subiré a vestirme y enseguida estaré con usted.
Mientras se cambiaba, sentía por dentro una nueva emoción, otra vez estaba excitado y se parecía a sí mismo más joven, con nuevos y renovados encantos. Incluso se permitió ponerse el perfume que había comprado para el funeral de su mujer, dos años antes.
Silbaba cuando bajó por las escaleras. La encontró parada, en medio del salón.
- ¿Desea un café? Es pronto y seguro que le apetece.
- No, tenemos asuntos de los que ocuparnos.
Le invadió una extraña familiaridad. Había escuchado esa voz alguna vez, antes, hacía mucho tiempo. Pero podía jurar que no había visto a esa mujer en su vida.
- ¿De qué asuntos habla?
Cuando lo hubo preguntado, sintió que conocía la respuesta.
- Usted y yo, aunque ya veo que no lo recuerda, hablamos una vez. Le busqué y me habló de todo lo que tenía. Me habló de esta casa, de su mujer, de sus cuatro hijos maravillosos. Le envidié. Le dejé ir. Pero me has vuelto a llamar. Ahora, ven, acércate, bien. Y escucha con atención lo que te voy a decir. Coge la escopeta, ahí al lado de la mecedora. Mírame. Tranquilo. Apoya el cañon en tu sien. Dispara. No lo pienses, vamos, no tengo mucho tiempo. Sonaba dulce y perversa, la voz.
Desconcertado y seducido al mismo tiempo, agarró el arma e hizo lo que la mujer le había sugerido. Se colocó el arma en la sien. Antes de disparar, le pareció que ella palidecía levemente. Justo al reventarse los sesos, vio cómo ella esbozaba una sonrisa misteriosa, como la del que comprueba que tenía razón confirmado sus previsiones.
El viejo animal, que todavía descansaba junto a la rueda, en el jardín, aulló triste al no ver enfilar el coche de la señora, un día más, el camino de los olmos que llegaba hasta la casa.
miércoles, 30 de junio de 2010
El desfile de los penitentes
Todo se desarrolla en ese teatro de bullicio y alcohol. Entre paredes color piel y ancianos jugando a cartas, a duras penas consigo tomarme un café. En la televisión, un típico y somnífero documental de la dos. En la pared un reloj quiere parecer antiguo, pero se delata con el símbolo de Cocacola. Sillas de madera, incómodas, que te rechazan casi antes de ocuparlas.
Mesas para todos; algunas vacías, solitarias de una sola silla; otras para estar con amigos y jugar al mus de cuatro plazas, y las sillas altas de la barra, que ayudan a los bebedores empedernidos a apurar sus copas.
La carta de alcohol es muy completa: JB, Larios, Cacique, Jack Daniels, Gordons, Brugal y otros que no puedo distinguir. El lugar es llano. Entiéndanme, nada cordial, entrañable o por lo menos agradable que invite a entrar y derrochar. Un cocodrilo acecha a su presa asomando la cabeza desde debajo del agua. Algo de suspense en este puñetero geriátrico. Cuadros de arte moderno que dañan la vista, Lou Reed sonando en el aire y la máquina de tabaco más solicitada que haya visto nunca. El lugar en cuestión, es algo así como triangular; y si nos ponemos precisos, visto desde arriba puede parecer un ataúd. No soy yo el pesimista, es lo que no hay lo que me inspira. Sombras proyectadas en el techo por unos farolillos que cuelgan de la pared, que interpretan el papel de las antorchas de los castillos de la edad media. Resplandeciente, pero sin vida. Como la luz que entra por las vidrieras en las catedrales. ¿Solemne? Pero en una cafetería o un bar no ayuda mucho. Una señal luminosa de emergencia te invita a largarte nada más entrar, y un paragüero con un ejemplar verde brillante dentro, que hace las veces de planta decorativa, porque la de la entrada reposa totalmente mustia y tampoco aporta nada.
La barra es el búnker, la verja o la defensa, un recodo de tres metros por dos, que separa el mundo de los vivos, el de los saciados y el de los muertos de sed.
Allí detrás dos jóvenes extranjeras, Amanda y Rosa, atienden a los moribundos con una sonrisa amable, casi radiantes. Una pareja joven. La madre pendiente del chaval, y el padre de los cocodrilos. Una mujer mayor fuma un purito distraída. Una pareja de negros disfruta apartada, en la esquina, de su cerveza y su intimidad. Columnas con espejos, servilleteros color plata a punto de reventar y dar a luz a miles de servilletitas, una colección de añejos acertadamente instalada en las alturas, fuera del alcance de los insatisfechos y los insaciables.
Un par de niños aparecen en escena con su padre y rejuvenecen el ambiente. En su mesa, el servilletero se convierte en un robot asesino y destructor. Comienzan a reír en su mundo. Menudo contraste. Mayoría de canas y en ese rincón dientes que no han salido todavía. Humo, jugadas ganadoras, farfulleos y resoplidos de perdedores y fracasados, camaradería, tragos de veneno. Ludópatas desplumados, murmullo eterno, desolación, flujo de billetes arrugados y manoseados, vida que agoniza.
Palabras que se escapan y se pierden.
- Tengo un dolor de cabeza descomunal. Llevo tres días trabajando sin parar, y ya no aguanto más. Al final siempre tienes razón.
Se vuelve.
- ¿No tendrá usted un cigarro?
No, no tengo, y me largo de aquí. Me estoy contagiando de la vejez de este sitio agónico, y prometo no volver la vista atrás cuando cruce la puerta. Nunca volveré allí.
Mesas para todos; algunas vacías, solitarias de una sola silla; otras para estar con amigos y jugar al mus de cuatro plazas, y las sillas altas de la barra, que ayudan a los bebedores empedernidos a apurar sus copas.
La carta de alcohol es muy completa: JB, Larios, Cacique, Jack Daniels, Gordons, Brugal y otros que no puedo distinguir. El lugar es llano. Entiéndanme, nada cordial, entrañable o por lo menos agradable que invite a entrar y derrochar. Un cocodrilo acecha a su presa asomando la cabeza desde debajo del agua. Algo de suspense en este puñetero geriátrico. Cuadros de arte moderno que dañan la vista, Lou Reed sonando en el aire y la máquina de tabaco más solicitada que haya visto nunca. El lugar en cuestión, es algo así como triangular; y si nos ponemos precisos, visto desde arriba puede parecer un ataúd. No soy yo el pesimista, es lo que no hay lo que me inspira. Sombras proyectadas en el techo por unos farolillos que cuelgan de la pared, que interpretan el papel de las antorchas de los castillos de la edad media. Resplandeciente, pero sin vida. Como la luz que entra por las vidrieras en las catedrales. ¿Solemne? Pero en una cafetería o un bar no ayuda mucho. Una señal luminosa de emergencia te invita a largarte nada más entrar, y un paragüero con un ejemplar verde brillante dentro, que hace las veces de planta decorativa, porque la de la entrada reposa totalmente mustia y tampoco aporta nada.
La barra es el búnker, la verja o la defensa, un recodo de tres metros por dos, que separa el mundo de los vivos, el de los saciados y el de los muertos de sed.
Allí detrás dos jóvenes extranjeras, Amanda y Rosa, atienden a los moribundos con una sonrisa amable, casi radiantes. Una pareja joven. La madre pendiente del chaval, y el padre de los cocodrilos. Una mujer mayor fuma un purito distraída. Una pareja de negros disfruta apartada, en la esquina, de su cerveza y su intimidad. Columnas con espejos, servilleteros color plata a punto de reventar y dar a luz a miles de servilletitas, una colección de añejos acertadamente instalada en las alturas, fuera del alcance de los insatisfechos y los insaciables.
Un par de niños aparecen en escena con su padre y rejuvenecen el ambiente. En su mesa, el servilletero se convierte en un robot asesino y destructor. Comienzan a reír en su mundo. Menudo contraste. Mayoría de canas y en ese rincón dientes que no han salido todavía. Humo, jugadas ganadoras, farfulleos y resoplidos de perdedores y fracasados, camaradería, tragos de veneno. Ludópatas desplumados, murmullo eterno, desolación, flujo de billetes arrugados y manoseados, vida que agoniza.
Palabras que se escapan y se pierden.
- Tengo un dolor de cabeza descomunal. Llevo tres días trabajando sin parar, y ya no aguanto más. Al final siempre tienes razón.
Se vuelve.
- ¿No tendrá usted un cigarro?
No, no tengo, y me largo de aquí. Me estoy contagiando de la vejez de este sitio agónico, y prometo no volver la vista atrás cuando cruce la puerta. Nunca volveré allí.
martes, 29 de junio de 2010
Madurez franqueada
Escribía ido, frenético. Palabras, frases, párrafos, páginas. Las ideas se atropellaban, su cabeza iba muy por delante de su mano y nunca le dejaba detenerse.
El lápiz volaba por el papel con la intensidad de un río que no admite altos en su recorrido hacia el mar. Normalmente, solo a las dos horas de la furiosa tarea, se obligaba descansar, y se levantaba a fumarse un cigarrillo en el balcón, saboreando tranquilo los contrastes de la calle. Después volvía a la batalla otra vez, con fuerzas renovadas.
En un momento de descuido, algo se coló en la tupida maraña de ideas de su cabeza, mientras rellenaba más espacio en blanco. Perplejo, se detuvo y se quedó observando aquella palabra vieja. Aquel nombre lo había invadido un día. Se recostó en la butaca y se permitió recordar, al tiempo que repasaba con el lápiz, despacio, cada una de las letras que formaban parte de ese recuerdo.
Soñó con luz, con risas infantiles, con secretos y promesas.
Voló al jardín de sus juegos de niño, al gran árbol que utilizaban para navegar en sus sueños, al escondite del acantilado, a sus labios entregados. También irrumpió el dolor y la sorpresa, el engaño y la mentira; y volvió a la habitación, para ser maduro otra vez, al topar con la muralla del recuerdo que no se desea revivir, para que la herida empiece a curar, para olvidarlo todo otra vez.
El lápiz volaba por el papel con la intensidad de un río que no admite altos en su recorrido hacia el mar. Normalmente, solo a las dos horas de la furiosa tarea, se obligaba descansar, y se levantaba a fumarse un cigarrillo en el balcón, saboreando tranquilo los contrastes de la calle. Después volvía a la batalla otra vez, con fuerzas renovadas.
En un momento de descuido, algo se coló en la tupida maraña de ideas de su cabeza, mientras rellenaba más espacio en blanco. Perplejo, se detuvo y se quedó observando aquella palabra vieja. Aquel nombre lo había invadido un día. Se recostó en la butaca y se permitió recordar, al tiempo que repasaba con el lápiz, despacio, cada una de las letras que formaban parte de ese recuerdo.
Soñó con luz, con risas infantiles, con secretos y promesas.
Voló al jardín de sus juegos de niño, al gran árbol que utilizaban para navegar en sus sueños, al escondite del acantilado, a sus labios entregados. También irrumpió el dolor y la sorpresa, el engaño y la mentira; y volvió a la habitación, para ser maduro otra vez, al topar con la muralla del recuerdo que no se desea revivir, para que la herida empiece a curar, para olvidarlo todo otra vez.
Tristeza hechicera
Me quedé observándola. Estaba delante de la ventana, apoyada en el quicio. El sol dibujaba su perfil y la hacía parecer mística. Fumaba, y en vez de expulsar el aire, simplemente lo dejaba escaparse de su boca. Y pensé que se merecía una historia, una que la convirtiera en leyenda, una que pudiera recordarla y que nunca permitiese menguar los hechos que la hicieron así. Ella se forjó una historia, y era ahora la Historia la que se encargaría de elevarla a lo más alto.
Nació cerca de Kansas, en un pueblo abrasado por el sol. A pesar de ello, fue siempre muy pálida. Desde pequeña supo valorar el dinero. Nunca tuvo demasiado y eso la hizo más fuerte. Su padre le enseñó a leer. Casi no fue a la escuela, trabajaba en la calle, repartiendo periódicos, haciendo recados para amigas de su madre. Su padre murió en la primera guerra mundial, y a causa de ello su madre tuvo que ser ingresada. Cuando pudo irse de allí, sacó el dinero ahorrado de debajo de la balda del pasillo e hizo las maletas. Tenía diecisiete años. Al llegar a la taquilla le pidió a la simpática mujer que eligiera un destino barato y le diera un billete. Sólo de ida. Terminó en West Virginia. Trabajó de camarera durante un año entero, de lunes a viernes por el día, y de viernes a domingo por la noche. Ganaba poco, y dormía habitualmente donde podía. A veces el dueño del local le permitía dormir sobre el pequeño escenario. Le daba una manta raída y le cerraba por dentro hasta la mañana siguiente. No necesitaba más.
Sabía tocar el saxo gracias a su hermano, que había tenido uno viejo y nunca usó. Siendo niña se colaba con su instrumento en la escuela de música y espiaba las lecciones de la señorita O´Brien desde un anfiteatro. Aprendía rápido. Un día se le escapó una nota, y todos los niños se volvieron a mirarla a lo alto. Ella, orgullosa, se dejó ver y comenzó a tocar. La profesora quedó encantada, pero tuvo que expulsarla cuando la niña respondió con un corte de manga a un chico que desde abajo le había sacado la lengua. Así que reunió dinero para comprarse uno y se dedicó a tocar en las calles. Cuidaba su instrumento como a un hijo. Su talento llegó a oídos de una banda de jazz de Missisipi, y le propusieron unirse a ellos. Muy poco tiempo después había demostrado ser el alma del grupo. Viajó con ellos por todo el país en una vieja camioneta que parecía no desfallecer nunca: Montana, Idaho, Oregón, Arizona, Colorado, Nevada, California.
Llegó la crisis y la banda volvió a dónde había nacido, a Missisipi. Allí conoció a un hombre con dinero, y después de casarse con él, abrió un local en el centro del condado, que a la larga sería conocido como el Gin&Jazz, famoso en todo el estado. Al cabo de los años, el marido resultó ser un desgraciado que bebía más de la cuenta. Se dice que un día la pegó. Fue la primera y última vez. Desapareció de repente. Ella vistió de luto un mes, luego vendió el local a un buen precio y bajo una serie de condiciones que le aseguraran muchos años de esplendor, y se largó. Se trasladó a la gran ciudad. Nueva York, ciudad que sólo había podido conocer a través de lo que le contaban los extraños que pasaban muy de vez en cuando por su pueblo natal. Un paraíso de prosperidad y oportunidades para todos. Allí intentó abrir otro local, pero todo salió mal. Perdió todo, menos las ganas de seguir adelante. Conservaba su saxo, y eso pudo mantenerla a flote unos años más. En el otoño del cuarenta y cuatro se marchó a Europa como enfermera voluntaria. Aterrizó en Francia y colaboró con los suyos hasta el final de la guerra. De niña había oído hablar de los paisajes tranquilos de Italia. De coche en coche, haciendo autostop, llegó a finales del cuarenta y cinco a Ancona. Allí pidió un préstamo para abrir un estanco cerca del centro.
Se ganó el respeto y la admiración de sus clientes por su trato amable y honrado. Un día a un cliente habitual se le cayó un billete de quinientas mil liras. Lo vio mientras barría la entrada del negocio. Alcanzó al dueño y le tendió el billete. Antes de que pudiera reaccionar, se dio la vuelta y siguió barriendo concienzudamente. El dueño resultó serlo también de una importante viña, y le ofreció un puesto de administración en su finca de Bari. Ella se lo agradeció y le dio largas. Estaba a gusto así, no quería cambiar por el momento.
Pasó sus años más felices en ese pequeño pueblo del norte de Italia, trabajando duro de día y paseando por el puerto de noche, sola, escuchando el ruido de los barcos amarrados al balancearse suavemente en el agua. Fumaba en el rompeolas, hiciera frío o calor. A veces la acompañaba su instrumento, y se la oía tocar, despacio, con cuidado, cualquier melodía que la hiciera recordar su casa, en Kansas. Un día se decidió en mitad de su paseo nocturno: vendería el negocio, se marcharía de allí. Tenía entonces casi cincuenta años.
Y volvió a su patria. Por alguna razón sabía que iba a morir pronto. Continuaba fumando demasiado, y al final el cáncer la alcanzó y la despojó poco a poco de sus encantos. Seguía siendo muy bonita, altiva, solitaria, orgullosa, firme, mujer desafiante, temida por muchos y no querida por nadie.
Me contaron en su pueblo que de pequeña no paraba de moverse. Todo el día iba de aquí para allá, explorando, preguntando en todos lados por todas las cosas que se le ocurrían. Aprendió a conducir con nueve años, cuando los pies apenas le llegaban a los pedales. Fumó su primer cigarro a los once años. Le encantaba liarlos con su abuelo en el porche de su casa. Y durante los siguientes cincuenta no lo dejó nunca. Cuando le decían que no era nada femenino, respondía siempre lo mismo: "Nunca quise ser mujer, me gusta fumar y me disgustas tú, no tengo nada que hablar contigo"
Creo que no fue feliz, no quiso serlo nunca. Y la veo ahí, ahora, fumando despacio, como una vieja estrella de cine que añora triste sus días de gloria, iluminada por el sol, y no puedo dejar de envidiarla.
Nació cerca de Kansas, en un pueblo abrasado por el sol. A pesar de ello, fue siempre muy pálida. Desde pequeña supo valorar el dinero. Nunca tuvo demasiado y eso la hizo más fuerte. Su padre le enseñó a leer. Casi no fue a la escuela, trabajaba en la calle, repartiendo periódicos, haciendo recados para amigas de su madre. Su padre murió en la primera guerra mundial, y a causa de ello su madre tuvo que ser ingresada. Cuando pudo irse de allí, sacó el dinero ahorrado de debajo de la balda del pasillo e hizo las maletas. Tenía diecisiete años. Al llegar a la taquilla le pidió a la simpática mujer que eligiera un destino barato y le diera un billete. Sólo de ida. Terminó en West Virginia. Trabajó de camarera durante un año entero, de lunes a viernes por el día, y de viernes a domingo por la noche. Ganaba poco, y dormía habitualmente donde podía. A veces el dueño del local le permitía dormir sobre el pequeño escenario. Le daba una manta raída y le cerraba por dentro hasta la mañana siguiente. No necesitaba más.
Sabía tocar el saxo gracias a su hermano, que había tenido uno viejo y nunca usó. Siendo niña se colaba con su instrumento en la escuela de música y espiaba las lecciones de la señorita O´Brien desde un anfiteatro. Aprendía rápido. Un día se le escapó una nota, y todos los niños se volvieron a mirarla a lo alto. Ella, orgullosa, se dejó ver y comenzó a tocar. La profesora quedó encantada, pero tuvo que expulsarla cuando la niña respondió con un corte de manga a un chico que desde abajo le había sacado la lengua. Así que reunió dinero para comprarse uno y se dedicó a tocar en las calles. Cuidaba su instrumento como a un hijo. Su talento llegó a oídos de una banda de jazz de Missisipi, y le propusieron unirse a ellos. Muy poco tiempo después había demostrado ser el alma del grupo. Viajó con ellos por todo el país en una vieja camioneta que parecía no desfallecer nunca: Montana, Idaho, Oregón, Arizona, Colorado, Nevada, California.
Llegó la crisis y la banda volvió a dónde había nacido, a Missisipi. Allí conoció a un hombre con dinero, y después de casarse con él, abrió un local en el centro del condado, que a la larga sería conocido como el Gin&Jazz, famoso en todo el estado. Al cabo de los años, el marido resultó ser un desgraciado que bebía más de la cuenta. Se dice que un día la pegó. Fue la primera y última vez. Desapareció de repente. Ella vistió de luto un mes, luego vendió el local a un buen precio y bajo una serie de condiciones que le aseguraran muchos años de esplendor, y se largó. Se trasladó a la gran ciudad. Nueva York, ciudad que sólo había podido conocer a través de lo que le contaban los extraños que pasaban muy de vez en cuando por su pueblo natal. Un paraíso de prosperidad y oportunidades para todos. Allí intentó abrir otro local, pero todo salió mal. Perdió todo, menos las ganas de seguir adelante. Conservaba su saxo, y eso pudo mantenerla a flote unos años más. En el otoño del cuarenta y cuatro se marchó a Europa como enfermera voluntaria. Aterrizó en Francia y colaboró con los suyos hasta el final de la guerra. De niña había oído hablar de los paisajes tranquilos de Italia. De coche en coche, haciendo autostop, llegó a finales del cuarenta y cinco a Ancona. Allí pidió un préstamo para abrir un estanco cerca del centro.
Se ganó el respeto y la admiración de sus clientes por su trato amable y honrado. Un día a un cliente habitual se le cayó un billete de quinientas mil liras. Lo vio mientras barría la entrada del negocio. Alcanzó al dueño y le tendió el billete. Antes de que pudiera reaccionar, se dio la vuelta y siguió barriendo concienzudamente. El dueño resultó serlo también de una importante viña, y le ofreció un puesto de administración en su finca de Bari. Ella se lo agradeció y le dio largas. Estaba a gusto así, no quería cambiar por el momento.
Pasó sus años más felices en ese pequeño pueblo del norte de Italia, trabajando duro de día y paseando por el puerto de noche, sola, escuchando el ruido de los barcos amarrados al balancearse suavemente en el agua. Fumaba en el rompeolas, hiciera frío o calor. A veces la acompañaba su instrumento, y se la oía tocar, despacio, con cuidado, cualquier melodía que la hiciera recordar su casa, en Kansas. Un día se decidió en mitad de su paseo nocturno: vendería el negocio, se marcharía de allí. Tenía entonces casi cincuenta años.
Y volvió a su patria. Por alguna razón sabía que iba a morir pronto. Continuaba fumando demasiado, y al final el cáncer la alcanzó y la despojó poco a poco de sus encantos. Seguía siendo muy bonita, altiva, solitaria, orgullosa, firme, mujer desafiante, temida por muchos y no querida por nadie.
Me contaron en su pueblo que de pequeña no paraba de moverse. Todo el día iba de aquí para allá, explorando, preguntando en todos lados por todas las cosas que se le ocurrían. Aprendió a conducir con nueve años, cuando los pies apenas le llegaban a los pedales. Fumó su primer cigarro a los once años. Le encantaba liarlos con su abuelo en el porche de su casa. Y durante los siguientes cincuenta no lo dejó nunca. Cuando le decían que no era nada femenino, respondía siempre lo mismo: "Nunca quise ser mujer, me gusta fumar y me disgustas tú, no tengo nada que hablar contigo"
Creo que no fue feliz, no quiso serlo nunca. Y la veo ahí, ahora, fumando despacio, como una vieja estrella de cine que añora triste sus días de gloria, iluminada por el sol, y no puedo dejar de envidiarla.
Radiante demencia
Ni siquiera gritó. Dos rápidos disparos habían bastado. Dejó el cadáver sobre la cama.
Echó un vistazo al apartamento. Amplia y moderna cocina, dos baños, un salón de maja rajá, el dormitorio, un pequeño despacho y una terraza con vistas al Village Park. Todo era perfecto, todo menos su vida, que yacía apagada sobre la cama.
Sintió hambre. Estaba anocheciendo, y desde el café del desayuno no había probado bocado. En la nevera encontró dos latas de cerveza, un plátano y una pizza prefabricada en el congelador. Cenó despacio, no había por qué darse prisa. Todo estaba tan silencioso que creyó que le oirían tragar desde la calle. Volvió al dormitorio.
Se tumbó junto al muerto. Había tenido un día duro, estaba cansado.
Se encendió un cigarro y fumó mirando al techo.
- Tienes un bonito apartamento. Me gusta cómo lo has decorado. Fíjate, todo encaja. Una cama de matrimonio con almohadas por todas partes, un televisor enorme para ver los campeonatos mundiales, los cuadros, dignos de un gran museo, la lámpara de araña, no demasiado ostentosa, sencilla pero elegante, un armario entero para tus trajes, la alfombra... Y esa cocina...desde luego te lo has montado bien. Pero no me gusta el color de las paredes del salón. Podías haber elegido el ocre, todo el mundo lo elige para estar seguros de acertar. ¿Azul? Es un crimen lo que has hecho, amigo. Los sillones, tapizados de esa tela turca, son majestuosos, muy agradables a la vista. El mármol de los baños, las cortinas, las grandes ventanas que permiten iluminar todas las estancias, los muebles en su sitio justo, dan a todo esto un ambiente cálido. Pero hay algo que no me convence, permíteme que te lo diga: todo es para uno.
Debes de estar muy solo. Apenas hay fotos, tuyas o de conocidos. Solo y triste. Ver los partidos de béisbol en esa pantalla debe imponer bastante. Esa tele..., dime una cosa, ¿has visto Alguien voló sobre el nido del cuco? ¿Sabes esa escena, en la que Randy McMurphy simula estar viendo un partido de béisbol en una tele apagada? Debes de sentirte de forma parecida aquí, tan solo. Es para volverse loco. No te envidio. No te envidio en absoluto.
A la mañana siguiente despertó nuevo y se duchó con agua fría. Se afeitó a pelo, meticulosamente. Silbaba feliz y satisfecho el Oh say, can you see?, seguía con la toalla puesta en la cintura mientras hurgaba entre los miles de botes de potingues del armario empotrado que también le servía de espejo.
Ojeó los trajes uno a uno, y ninguno le pareció a primera vista conforme a sus medidas. Abrió la ventana del dormitorio y miró a la calle. Dos conductores se gritaban en medio de la calle, a punto de llegar a las manos. Infelices, pensó.
Se acercó a la mesilla y marcó el número de su casa.
-¿Diga?
-Hola, cariño, soy yo.
-¿Quién es?
-Soy tu marido.
-Esto es la comisaría de Central Square. ¿Quién llama?
-¿Ha pasado algo?
-¿Que si ha...? ha llamado usted, amigo.
-Hay un cadáver.
-Dígame desde dónde llama.
-Estoy en casa.
-¿Dónde vive? ¿Es una broma?
-No, el cadáver está delante de mí. Tiene dos agujeros de bala en la cabeza. Está muerto, agente.
-Dígame el número y la calle y mandaré una patrulla ahora mismo.
-¿Ha visto usted Alguien voló sobre el nido del cuco, agente?
-¿Qué...? Dígame el número o colgaré ahora mismo.
-Si, la de Jack Nicholson, la del hombre que es encerrado en un manicomio por ser un delincuente con trastornos. Pues bien, hay una escena muy buena; resulta que la enfermera jefe, la horrible enfermera Ratched, no permite al nuevo interno ver un partido de béisbol. Pero él tiene tantas ganas de verlo que simula estar siguiendo el partido en la televisión apagada, y todos los malditos locos se emocionan con él cuando narra cómo los Yankees consiguen batear por encima de la valla del estadio y se hacen con la victoria. Jack Nicholson está impecable. Me fascinó la película. (...) Al final lo dejan tonto, indefenso, metiéndole cantidad de electricidad en la cabeza. Me entristeció ver a alguien tan lleno de vida en ese estado, era realmente triste. Cuando lo dejan en la cama, y lo ves allí, quieto, y esperas que reaccione..., pero no lo hace. Realmente sentí rabia por él. No se puede hacer eso con una persona. No se puede, no se puede.
Echó un vistazo al apartamento. Amplia y moderna cocina, dos baños, un salón de maja rajá, el dormitorio, un pequeño despacho y una terraza con vistas al Village Park. Todo era perfecto, todo menos su vida, que yacía apagada sobre la cama.
Sintió hambre. Estaba anocheciendo, y desde el café del desayuno no había probado bocado. En la nevera encontró dos latas de cerveza, un plátano y una pizza prefabricada en el congelador. Cenó despacio, no había por qué darse prisa. Todo estaba tan silencioso que creyó que le oirían tragar desde la calle. Volvió al dormitorio.
Se tumbó junto al muerto. Había tenido un día duro, estaba cansado.
Se encendió un cigarro y fumó mirando al techo.
- Tienes un bonito apartamento. Me gusta cómo lo has decorado. Fíjate, todo encaja. Una cama de matrimonio con almohadas por todas partes, un televisor enorme para ver los campeonatos mundiales, los cuadros, dignos de un gran museo, la lámpara de araña, no demasiado ostentosa, sencilla pero elegante, un armario entero para tus trajes, la alfombra... Y esa cocina...desde luego te lo has montado bien. Pero no me gusta el color de las paredes del salón. Podías haber elegido el ocre, todo el mundo lo elige para estar seguros de acertar. ¿Azul? Es un crimen lo que has hecho, amigo. Los sillones, tapizados de esa tela turca, son majestuosos, muy agradables a la vista. El mármol de los baños, las cortinas, las grandes ventanas que permiten iluminar todas las estancias, los muebles en su sitio justo, dan a todo esto un ambiente cálido. Pero hay algo que no me convence, permíteme que te lo diga: todo es para uno.
Debes de estar muy solo. Apenas hay fotos, tuyas o de conocidos. Solo y triste. Ver los partidos de béisbol en esa pantalla debe imponer bastante. Esa tele..., dime una cosa, ¿has visto Alguien voló sobre el nido del cuco? ¿Sabes esa escena, en la que Randy McMurphy simula estar viendo un partido de béisbol en una tele apagada? Debes de sentirte de forma parecida aquí, tan solo. Es para volverse loco. No te envidio. No te envidio en absoluto.
A la mañana siguiente despertó nuevo y se duchó con agua fría. Se afeitó a pelo, meticulosamente. Silbaba feliz y satisfecho el Oh say, can you see?, seguía con la toalla puesta en la cintura mientras hurgaba entre los miles de botes de potingues del armario empotrado que también le servía de espejo.
Ojeó los trajes uno a uno, y ninguno le pareció a primera vista conforme a sus medidas. Abrió la ventana del dormitorio y miró a la calle. Dos conductores se gritaban en medio de la calle, a punto de llegar a las manos. Infelices, pensó.
Se acercó a la mesilla y marcó el número de su casa.
-¿Diga?
-Hola, cariño, soy yo.
-¿Quién es?
-Soy tu marido.
-Esto es la comisaría de Central Square. ¿Quién llama?
-¿Ha pasado algo?
-¿Que si ha...? ha llamado usted, amigo.
-Hay un cadáver.
-Dígame desde dónde llama.
-Estoy en casa.
-¿Dónde vive? ¿Es una broma?
-No, el cadáver está delante de mí. Tiene dos agujeros de bala en la cabeza. Está muerto, agente.
-Dígame el número y la calle y mandaré una patrulla ahora mismo.
-¿Ha visto usted Alguien voló sobre el nido del cuco, agente?
-¿Qué...? Dígame el número o colgaré ahora mismo.
-Si, la de Jack Nicholson, la del hombre que es encerrado en un manicomio por ser un delincuente con trastornos. Pues bien, hay una escena muy buena; resulta que la enfermera jefe, la horrible enfermera Ratched, no permite al nuevo interno ver un partido de béisbol. Pero él tiene tantas ganas de verlo que simula estar siguiendo el partido en la televisión apagada, y todos los malditos locos se emocionan con él cuando narra cómo los Yankees consiguen batear por encima de la valla del estadio y se hacen con la victoria. Jack Nicholson está impecable. Me fascinó la película. (...) Al final lo dejan tonto, indefenso, metiéndole cantidad de electricidad en la cabeza. Me entristeció ver a alguien tan lleno de vida en ese estado, era realmente triste. Cuando lo dejan en la cama, y lo ves allí, quieto, y esperas que reaccione..., pero no lo hace. Realmente sentí rabia por él. No se puede hacer eso con una persona. No se puede, no se puede.
Donde nunca brilla el día
-¡Ponte el abrigo, va a llover!
La eterna cantinela de las madres. No hice caso, y bajé hasta la calle sin él. Había conseguido atrapar una cerveza de medio litro de la nevera. Mis padres no estaban acostumbrados todavía a verme beber alcohol y no sospecharían.
Llevaba encima un cabreo muy serio mezclado con una tristeza insoportable.
Repaso esos días, ese verano, y no acierto a encontrar motivos. Pero sí me acuerdo de lo que me pasaba en ese momento.
Yo y la cerveza, recorriendo un camino oscuro y peligroso.
Estaba solo.
En aquella carretera comarcal no había ni una farola y yo debía arrimarme a los lados todo el rato por sí algún conductor borracho o simplemente despistado me arrollaba.
Pensaba en mil cosas, y no tenía noción del tiempo. Acabé en un monasterio que estaba apartado a un lado del camino y me acerqué a la entrada. Estaba en los alrededores de un pueblo del norte, en medio del campo, en la entrada de un monasterio, con los grillos y sonidos vagos de vehículos pasando a unos cien metros. Solo, acechado por el miedo y las ganas de pegarme un tiro. La cerveza era de una marca blanca bastante mala, pero mis sentidos no pusieron pega alguna a beber aquel veneno.
El medio litro se esfumó deprisa. Y luego no supe qué demonios hacer. Supuse que solo me quedaba invocar a la melancolía con las canciones de Enrique Urquijo. Me apoyé en la pared del edificio sacro, y me enchufé los cascos hasta el cerebro. Comenzó a sonar “Agárrate fuerte a mí, María”, y me dejé seducir por sus acordes geniales. Su voz hundida, su tono suplicante, ese órgano extraordinario, el piano, y la guitarra... la letra me terminó de vencer. Era absurdo, pero era mi forma de no estar triste solo. Enrique sufría conmigo, y eso lo agradecí. Así estaba, sumido en la tristeza más absoluta, o eso me parecía a mí.
Comenzó a jarrear como si una presa en el cielo se hubiera desbordado. Pensé, inocente de mí, que uno de los árboles me protegería, pero no hice sino mojarme un poco más, porque todas las hojas descargaban sobre mí su contenido. Decidí volver. No tengo por costumbre preocuparme por mi ropa cuando llueve, pero caía lo que no está escrito. Aceleré el paso. Al final corrí.
Sentí entonces una sensación de júbilo. Escuché a todo volumen Yellow, de Coldplay. Me recorrió el cuerpo y el alma. Estaba exultante, corriendo con la ropa empapada. Me parecí James Stewart cuando despierta de la pesadilla en Qué bello es vivir, y va recorriendo el pueblo mientras grita y saluda a todo el mundo fuera de sí, porque todo vuelve a ser como era.
Algún coche con el que me crucé casi me atropella, pero en ese momento no me importó. Corría, calado de la cabeza a los pies. Y no había nada más. Estaba feliz, sin saber bien cómo. Quizá el cielo no quiso verme así de hundido, quizá los hombres santos que habitaban el lugar se acordaron en ese momento de los desamparados, quizá llovió y ya está. Yo quedé limpio, transparente, nuevo otra vez, como recién salido del purgatorio. Me encaminaba corriendo hacia casa.
Al alcanzar el porche, me derrumbé en el suelo y me reí de todo. Estuve así unos minutos, pensando y saboreando aquella sensación increíble. Mis padres salieron y me vieron así. Y adivinen la frase que salió de los labios de mi madre. Pero daba igual. Ya nada importaba. Yo estaba curado, por lo menos por una noche, y no existía nada más.
La eterna cantinela de las madres. No hice caso, y bajé hasta la calle sin él. Había conseguido atrapar una cerveza de medio litro de la nevera. Mis padres no estaban acostumbrados todavía a verme beber alcohol y no sospecharían.
Llevaba encima un cabreo muy serio mezclado con una tristeza insoportable.
Repaso esos días, ese verano, y no acierto a encontrar motivos. Pero sí me acuerdo de lo que me pasaba en ese momento.
Yo y la cerveza, recorriendo un camino oscuro y peligroso.
Estaba solo.
En aquella carretera comarcal no había ni una farola y yo debía arrimarme a los lados todo el rato por sí algún conductor borracho o simplemente despistado me arrollaba.
Pensaba en mil cosas, y no tenía noción del tiempo. Acabé en un monasterio que estaba apartado a un lado del camino y me acerqué a la entrada. Estaba en los alrededores de un pueblo del norte, en medio del campo, en la entrada de un monasterio, con los grillos y sonidos vagos de vehículos pasando a unos cien metros. Solo, acechado por el miedo y las ganas de pegarme un tiro. La cerveza era de una marca blanca bastante mala, pero mis sentidos no pusieron pega alguna a beber aquel veneno.
El medio litro se esfumó deprisa. Y luego no supe qué demonios hacer. Supuse que solo me quedaba invocar a la melancolía con las canciones de Enrique Urquijo. Me apoyé en la pared del edificio sacro, y me enchufé los cascos hasta el cerebro. Comenzó a sonar “Agárrate fuerte a mí, María”, y me dejé seducir por sus acordes geniales. Su voz hundida, su tono suplicante, ese órgano extraordinario, el piano, y la guitarra... la letra me terminó de vencer. Era absurdo, pero era mi forma de no estar triste solo. Enrique sufría conmigo, y eso lo agradecí. Así estaba, sumido en la tristeza más absoluta, o eso me parecía a mí.
Comenzó a jarrear como si una presa en el cielo se hubiera desbordado. Pensé, inocente de mí, que uno de los árboles me protegería, pero no hice sino mojarme un poco más, porque todas las hojas descargaban sobre mí su contenido. Decidí volver. No tengo por costumbre preocuparme por mi ropa cuando llueve, pero caía lo que no está escrito. Aceleré el paso. Al final corrí.
Sentí entonces una sensación de júbilo. Escuché a todo volumen Yellow, de Coldplay. Me recorrió el cuerpo y el alma. Estaba exultante, corriendo con la ropa empapada. Me parecí James Stewart cuando despierta de la pesadilla en Qué bello es vivir, y va recorriendo el pueblo mientras grita y saluda a todo el mundo fuera de sí, porque todo vuelve a ser como era.
Algún coche con el que me crucé casi me atropella, pero en ese momento no me importó. Corría, calado de la cabeza a los pies. Y no había nada más. Estaba feliz, sin saber bien cómo. Quizá el cielo no quiso verme así de hundido, quizá los hombres santos que habitaban el lugar se acordaron en ese momento de los desamparados, quizá llovió y ya está. Yo quedé limpio, transparente, nuevo otra vez, como recién salido del purgatorio. Me encaminaba corriendo hacia casa.
Al alcanzar el porche, me derrumbé en el suelo y me reí de todo. Estuve así unos minutos, pensando y saboreando aquella sensación increíble. Mis padres salieron y me vieron así. Y adivinen la frase que salió de los labios de mi madre. Pero daba igual. Ya nada importaba. Yo estaba curado, por lo menos por una noche, y no existía nada más.
Dioses
En Madrid, cuando ya no molesta el sol, nos espera un lugar que nos recibe con los brazos abiertos. Es casi sagrado para nosotros, como nuestro refugio, nuestra segunda casa. Es un tejado, una especie de azotea, “La chimenea” para nosotros.
Parece un torreón. Se asemeja a los que en la Edad Media servían para vigilar el horizonte. Por las escaleras, después del décimo piso, si continúas subiendo por las escaleras, descubres una puerta en la que se advierte del peligro de cruzarla.
Para nosotros es como una invitación, una sugerencia escondida. Hay que saber entender a las puertas prohibidas. Si dicen ¡no pases!, debes entrar, siempre.
Porque detrás de las puertas prohibidas está lo mejor de la vida. Cuando cruzamos esa puerta y recibimos el aire frío en la cara, nos damos cuenta de que algo se ha transformado en nosotros. Pero todavía no hemos llegado. Aún debemos arriesgar y jugárnoslo todo. “La chimenea” se encuentra en lo alto y por un momento nuestros pies no tocarán el suelo y podremos sentir el peligroso vacío debajo de nosotros.
Setenta metros nos separan del suelo. Casi podemos tocar el cielo.
Arriba, lo que es realmente la chimenea, las paredes, un día de ladrillo rojizo, son ahora de un aspecto tiznado, triste. Me recuerda a menudo a la escena de los deshollinadores bailando en el tejado, en Mary Poppins. Nuestra guarida es sencilla, un recinto vacío que invadimos con confidencias y grandes historias. Cuando estoy allí pienso en la gente que no entiende este tipo de cosas, y pienso que yo no puedo entenderlos a ellos.
En las noches de invierno nos resguarda del viento helado una pared de metro y medio de altura. Pegados a ella, sentados, juntos hombro con hombro, fumando pitillos clandestinos, nos sentimos amigos. En primavera y verano las veladas son más agradecidas, y podemos asomarnos a mirar sin necesidad de resguardo ni abrigo. El panorama que desde allí se contempla es grandioso. Un regalo más, de la capital.
No olvidarás nunca lo que estarás viendo. Desde allí arriba, vemos el mundo iluminado. Las farolas no fueron inventadas para iluminar las calles; se pusieron ahí para los que miramos el mundo desde lo alto, para que pudiéramos observar nuestros dominios y sentirnos orgullosos de nuevo. Desde lo alto, hablamos con la luna y podemos contarle al oído nuestros sueños y anhelos mas sinceros. Subidos a la chimenea, los gatos escuchamos “Pereza”, y gritamos sus letras geniales.
“La más bonita que ninguna, ponía a la peña de pie, con más noches que la luna, estaba todo bien. Probaste fortuna con héroes de barrio, y conmigo también. La estrella de los tejados, los más rock n’roll de por aquí. Los gatos andábamos colgados de Lady Madrid. Pitillos ajustados, era de Burning, Ronaldos y Lou Reed, y nunca hablaron los diarios de Lady Madrid”.
Y luego ese solo de guitarra que primero se hunde y luego se eleva como un fuego artificial para estallar e iluminar el cielo.
Cantando, de pie con un cigarro en los labios y una cerveza en la mano, somos dioses.
Parece un torreón. Se asemeja a los que en la Edad Media servían para vigilar el horizonte. Por las escaleras, después del décimo piso, si continúas subiendo por las escaleras, descubres una puerta en la que se advierte del peligro de cruzarla.
Para nosotros es como una invitación, una sugerencia escondida. Hay que saber entender a las puertas prohibidas. Si dicen ¡no pases!, debes entrar, siempre.
Porque detrás de las puertas prohibidas está lo mejor de la vida. Cuando cruzamos esa puerta y recibimos el aire frío en la cara, nos damos cuenta de que algo se ha transformado en nosotros. Pero todavía no hemos llegado. Aún debemos arriesgar y jugárnoslo todo. “La chimenea” se encuentra en lo alto y por un momento nuestros pies no tocarán el suelo y podremos sentir el peligroso vacío debajo de nosotros.
Setenta metros nos separan del suelo. Casi podemos tocar el cielo.
Arriba, lo que es realmente la chimenea, las paredes, un día de ladrillo rojizo, son ahora de un aspecto tiznado, triste. Me recuerda a menudo a la escena de los deshollinadores bailando en el tejado, en Mary Poppins. Nuestra guarida es sencilla, un recinto vacío que invadimos con confidencias y grandes historias. Cuando estoy allí pienso en la gente que no entiende este tipo de cosas, y pienso que yo no puedo entenderlos a ellos.
En las noches de invierno nos resguarda del viento helado una pared de metro y medio de altura. Pegados a ella, sentados, juntos hombro con hombro, fumando pitillos clandestinos, nos sentimos amigos. En primavera y verano las veladas son más agradecidas, y podemos asomarnos a mirar sin necesidad de resguardo ni abrigo. El panorama que desde allí se contempla es grandioso. Un regalo más, de la capital.
No olvidarás nunca lo que estarás viendo. Desde allí arriba, vemos el mundo iluminado. Las farolas no fueron inventadas para iluminar las calles; se pusieron ahí para los que miramos el mundo desde lo alto, para que pudiéramos observar nuestros dominios y sentirnos orgullosos de nuevo. Desde lo alto, hablamos con la luna y podemos contarle al oído nuestros sueños y anhelos mas sinceros. Subidos a la chimenea, los gatos escuchamos “Pereza”, y gritamos sus letras geniales.
“La más bonita que ninguna, ponía a la peña de pie, con más noches que la luna, estaba todo bien. Probaste fortuna con héroes de barrio, y conmigo también. La estrella de los tejados, los más rock n’roll de por aquí. Los gatos andábamos colgados de Lady Madrid. Pitillos ajustados, era de Burning, Ronaldos y Lou Reed, y nunca hablaron los diarios de Lady Madrid”.
Y luego ese solo de guitarra que primero se hunde y luego se eleva como un fuego artificial para estallar e iluminar el cielo.
Cantando, de pie con un cigarro en los labios y una cerveza en la mano, somos dioses.
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