De eso hablo, de cuando te odias a ti mismo. Porque sabías
que estabas a un paso de lo que llevas semanas imaginando. Pensaste en ello
cuando caminabas solo de un sitio a otro, mirando al suelo. Ensayaste incluso
tus palabras y las suyas. Joven todavía, y más estúpido, eso seguro. Y es que
casi la has ignorado, por Dios. Pues nunca sabrás lo que te estas perdiendo.
Te llamas de todo, maldices, vuelves a mirar al suelo. Y por
lo menos escribes unas líneas sobre lo que te corroe por dentro. Has estado a
punto de salir corriendo a por ella. Cobarde, supongo. Gilipollas es lo mínimo
que mereces. Tendrás más oportunidades, y si no las fabricas tú.
O de otra forma sigue mirando al suelo, pensando, ensayando
palabras en un monólogo ridículo, estúpido e ininterrumpido. Lo mejor y lo peor
es que está en tu mano.
Te das cuenta de que has avanzado, pero también de que aún
te falta mucho para llegar a dónde quieres. Quizá eso que has dejado pasar sea
la puerta.


