miércoles, 30 de junio de 2010

El desfile de los penitentes

Todo se desarrolla en ese teatro de bullicio y alcohol. Entre paredes color piel y ancianos jugando a cartas, a duras penas consigo tomarme un café. En la televisión, un típico y somnífero documental de la dos. En la pared un reloj quiere parecer antiguo, pero se delata con el símbolo de Cocacola. Sillas de madera, incómodas, que te rechazan casi antes de ocuparlas.
Mesas para todos; algunas vacías, solitarias de una sola silla; otras para estar con amigos y jugar al mus de cuatro plazas, y las sillas altas de la barra, que ayudan a los bebedores empedernidos a apurar sus copas.
La carta de alcohol es muy completa: JB, Larios, Cacique, Jack Daniels, Gordons, Brugal y otros que no puedo distinguir. El lugar es llano. Entiéndanme, nada cordial, entrañable o por lo menos agradable que invite a entrar y derrochar. Un cocodrilo acecha a su presa asomando la cabeza desde debajo del agua. Algo de suspense en este puñetero geriátrico. Cuadros de arte moderno que dañan la vista, Lou Reed sonando en el aire y la máquina de tabaco más solicitada que haya visto nunca. El lugar en cuestión, es algo así como triangular; y si nos ponemos precisos, visto desde arriba puede parecer un ataúd. No soy yo el pesimista, es lo que no hay lo que me inspira. Sombras proyectadas en el techo por unos farolillos que cuelgan de la pared, que interpretan el papel de las antorchas de los castillos de la edad media. Resplandeciente, pero sin vida. Como la luz que entra por las vidrieras en las catedrales. ¿Solemne? Pero en una cafetería o un bar no ayuda mucho. Una señal luminosa de emergencia te invita a largarte nada más entrar, y un paragüero con un ejemplar verde brillante dentro, que hace las veces de planta decorativa, porque la de la entrada reposa totalmente mustia y tampoco aporta nada.
La barra es el búnker, la verja o la defensa, un recodo de tres metros por dos, que separa el mundo de los vivos, el de los saciados y el de los muertos de sed.
Allí detrás dos jóvenes extranjeras, Amanda y Rosa, atienden a los moribundos con una sonrisa amable, casi radiantes. Una pareja joven. La madre pendiente del chaval, y el padre de los cocodrilos. Una mujer mayor fuma un purito distraída. Una pareja de negros disfruta apartada, en la esquina, de su cerveza y su intimidad. Columnas con espejos, servilleteros color plata a punto de reventar y dar a luz a miles de servilletitas, una colección de añejos acertadamente instalada en las alturas, fuera del alcance de los insatisfechos y los insaciables.
Un par de niños aparecen en escena con su padre y rejuvenecen el ambiente. En su mesa, el servilletero se convierte en un robot asesino y destructor. Comienzan a reír en su mundo. Menudo contraste. Mayoría de canas y en ese rincón dientes que no han salido todavía. Humo, jugadas ganadoras, farfulleos y resoplidos de perdedores y fracasados, camaradería, tragos de veneno. Ludópatas desplumados, murmullo eterno, desolación, flujo de billetes arrugados y manoseados, vida que agoniza.
Palabras que se escapan y se pierden.
- Tengo un dolor de cabeza descomunal. Llevo tres días trabajando sin parar, y ya no aguanto más. Al final siempre tienes razón.
Se vuelve.
- ¿No tendrá usted un cigarro?

No, no tengo, y me largo de aquí. Me estoy contagiando de la vejez de este sitio agónico, y prometo no volver la vista atrás cuando cruce la puerta. Nunca volveré allí.

martes, 29 de junio de 2010

Madurez franqueada

Escribía ido, frenético. Palabras, frases, párrafos, páginas. Las ideas se atropellaban, su cabeza iba muy por delante de su mano y nunca le dejaba detenerse.
El lápiz volaba por el papel con la intensidad de un río que no admite altos en su recorrido hacia el mar. Normalmente, solo a las dos horas de la furiosa tarea, se obligaba descansar, y se levantaba a fumarse un cigarrillo en el balcón, saboreando tranquilo los contrastes de la calle. Después volvía a la batalla otra vez, con fuerzas renovadas.

En un momento de descuido, algo se coló en la tupida maraña de ideas de su cabeza, mientras rellenaba más espacio en blanco. Perplejo, se detuvo y se quedó observando aquella palabra vieja. Aquel nombre lo había invadido un día. Se recostó en la butaca y se permitió recordar, al tiempo que repasaba con el lápiz, despacio, cada una de las letras que formaban parte de ese recuerdo.
Soñó con luz, con risas infantiles, con secretos y promesas.
Voló al jardín de sus juegos de niño, al gran árbol que utilizaban para navegar en sus sueños, al escondite del acantilado, a sus labios entregados. También irrumpió el dolor y la sorpresa, el engaño y la mentira; y volvió a la habitación, para ser maduro otra vez, al topar con la muralla del recuerdo que no se desea revivir, para que la herida empiece a curar, para olvidarlo todo otra vez.

Tristeza hechicera

Me quedé observándola. Estaba delante de la ventana, apoyada en el quicio. El sol dibujaba su perfil y la hacía parecer mística. Fumaba, y en vez de expulsar el aire, simplemente lo dejaba escaparse de su boca. Y pensé que se merecía una historia, una que la convirtiera en leyenda, una que pudiera recordarla y que nunca permitiese menguar los hechos que la hicieron así. Ella se forjó una historia, y era ahora la Historia la que se encargaría de elevarla a lo más alto.

Nació cerca de Kansas, en un pueblo abrasado por el sol. A pesar de ello, fue siempre muy pálida. Desde pequeña supo valorar el dinero. Nunca tuvo demasiado y eso la hizo más fuerte. Su padre le enseñó a leer. Casi no fue a la escuela, trabajaba en la calle, repartiendo periódicos, haciendo recados para amigas de su madre. Su padre murió en la primera guerra mundial, y a causa de ello su madre tuvo que ser ingresada. Cuando pudo irse de allí, sacó el dinero ahorrado de debajo de la balda del pasillo e hizo las maletas. Tenía diecisiete años. Al llegar a la taquilla le pidió a la simpática mujer que eligiera un destino barato y le diera un billete. Sólo de ida. Terminó en West Virginia. Trabajó de camarera durante un año entero, de lunes a viernes por el día, y de viernes a domingo por la noche. Ganaba poco, y dormía habitualmente donde podía. A veces el dueño del local le permitía dormir sobre el pequeño escenario. Le daba una manta raída y le cerraba por dentro hasta la mañana siguiente. No necesitaba más.

Sabía tocar el saxo gracias a su hermano, que había tenido uno viejo y nunca usó. Siendo niña se colaba con su instrumento en la escuela de música y espiaba las lecciones de la señorita O´Brien desde un anfiteatro. Aprendía rápido. Un día se le escapó una nota, y todos los niños se volvieron a mirarla a lo alto. Ella, orgullosa, se dejó ver y comenzó a tocar. La profesora quedó encantada, pero tuvo que expulsarla cuando la niña respondió con un corte de manga a un chico que desde abajo le había sacado la lengua. Así que reunió dinero para comprarse uno y se dedicó a tocar en las calles. Cuidaba su instrumento como a un hijo. Su talento llegó a oídos de una banda de jazz de Missisipi, y le propusieron unirse a ellos. Muy poco tiempo después había demostrado ser el alma del grupo. Viajó con ellos por todo el país en una vieja camioneta que parecía no desfallecer nunca: Montana, Idaho, Oregón, Arizona, Colorado, Nevada, California.
Llegó la crisis y la banda volvió a dónde había nacido, a Missisipi. Allí conoció a un hombre con dinero, y después de casarse con él, abrió un local en el centro del condado, que a la larga sería conocido como el Gin&Jazz, famoso en todo el estado. Al cabo de los años, el marido resultó ser un desgraciado que bebía más de la cuenta. Se dice que un día la pegó. Fue la primera y última vez. Desapareció de repente. Ella vistió de luto un mes, luego vendió el local a un buen precio y bajo una serie de condiciones que le aseguraran muchos años de esplendor, y se largó. Se trasladó a la gran ciudad. Nueva York, ciudad que sólo había podido conocer a través de lo que le contaban los extraños que pasaban muy de vez en cuando por su pueblo natal. Un paraíso de prosperidad y oportunidades para todos. Allí intentó abrir otro local, pero todo salió mal. Perdió todo, menos las ganas de seguir adelante. Conservaba su saxo, y eso pudo mantenerla a flote unos años más. En el otoño del cuarenta y cuatro se marchó a Europa como enfermera voluntaria. Aterrizó en Francia y colaboró con los suyos hasta el final de la guerra. De niña había oído hablar de los paisajes tranquilos de Italia. De coche en coche, haciendo autostop, llegó a finales del cuarenta y cinco a Ancona. Allí pidió un préstamo para abrir un estanco cerca del centro.

Se ganó el respeto y la admiración de sus clientes por su trato amable y honrado. Un día a un cliente habitual se le cayó un billete de quinientas mil liras. Lo vio mientras barría la entrada del negocio. Alcanzó al dueño y le tendió el billete. Antes de que pudiera reaccionar, se dio la vuelta y siguió barriendo concienzudamente. El dueño resultó serlo también de una importante viña, y le ofreció un puesto de administración en su finca de Bari. Ella se lo agradeció y le dio largas. Estaba a gusto así, no quería cambiar por el momento.

Pasó sus años más felices en ese pequeño pueblo del norte de Italia, trabajando duro de día y paseando por el puerto de noche, sola, escuchando el ruido de los barcos amarrados al balancearse suavemente en el agua. Fumaba en el rompeolas, hiciera frío o calor. A veces la acompañaba su instrumento, y se la oía tocar, despacio, con cuidado, cualquier melodía que la hiciera recordar su casa, en Kansas. Un día se decidió en mitad de su paseo nocturno: vendería el negocio, se marcharía de allí. Tenía entonces casi cincuenta años.

Y volvió a su patria. Por alguna razón sabía que iba a morir pronto. Continuaba fumando demasiado, y al final el cáncer la alcanzó y la despojó poco a poco de sus encantos. Seguía siendo muy bonita, altiva, solitaria, orgullosa, firme, mujer desafiante, temida por muchos y no querida por nadie.

Me contaron en su pueblo que de pequeña no paraba de moverse. Todo el día iba de aquí para allá, explorando, preguntando en todos lados por todas las cosas que se le ocurrían. Aprendió a conducir con nueve años, cuando los pies apenas le llegaban a los pedales. Fumó su primer cigarro a los once años. Le encantaba liarlos con su abuelo en el porche de su casa. Y durante los siguientes cincuenta no lo dejó nunca. Cuando le decían que no era nada femenino, respondía siempre lo mismo: "Nunca quise ser mujer, me gusta fumar y me disgustas tú, no tengo nada que hablar contigo"
Creo que no fue feliz, no quiso serlo nunca. Y la veo ahí, ahora, fumando despacio, como una vieja estrella de cine que añora triste sus días de gloria, iluminada por el sol, y no puedo dejar de envidiarla.

Radiante demencia

Ni siquiera gritó. Dos rápidos disparos habían bastado. Dejó el cadáver sobre la cama.
Echó un vistazo al apartamento. Amplia y moderna cocina, dos baños, un salón de maja rajá, el dormitorio, un pequeño despacho y una terraza con vistas al Village Park. Todo era perfecto, todo menos su vida, que yacía apagada sobre la cama.

Sintió hambre. Estaba anocheciendo, y desde el café del desayuno no había probado bocado. En la nevera encontró dos latas de cerveza, un plátano y una pizza prefabricada en el congelador. Cenó despacio, no había por qué darse prisa. Todo estaba tan silencioso que creyó que le oirían tragar desde la calle. Volvió al dormitorio.
Se tumbó junto al muerto. Había tenido un día duro, estaba cansado.
Se encendió un cigarro y fumó mirando al techo.

- Tienes un bonito apartamento. Me gusta cómo lo has decorado. Fíjate, todo encaja. Una cama de matrimonio con almohadas por todas partes, un televisor enorme para ver los campeonatos mundiales, los cuadros, dignos de un gran museo, la lámpara de araña, no demasiado ostentosa, sencilla pero elegante, un armario entero para tus trajes, la alfombra... Y esa cocina...desde luego te lo has montado bien. Pero no me gusta el color de las paredes del salón. Podías haber elegido el ocre, todo el mundo lo elige para estar seguros de acertar. ¿Azul? Es un crimen lo que has hecho, amigo. Los sillones, tapizados de esa tela turca, son majestuosos, muy agradables a la vista. El mármol de los baños, las cortinas, las grandes ventanas que permiten iluminar todas las estancias, los muebles en su sitio justo, dan a todo esto un ambiente cálido. Pero hay algo que no me convence, permíteme que te lo diga: todo es para uno.
Debes de estar muy solo. Apenas hay fotos, tuyas o de conocidos. Solo y triste. Ver los partidos de béisbol en esa pantalla debe imponer bastante. Esa tele..., dime una cosa, ¿has visto Alguien voló sobre el nido del cuco? ¿Sabes esa escena, en la que Randy McMurphy simula estar viendo un partido de béisbol en una tele apagada? Debes de sentirte de forma parecida aquí, tan solo. Es para volverse loco. No te envidio. No te envidio en absoluto.


A la mañana siguiente despertó nuevo y se duchó con agua fría. Se afeitó a pelo, meticulosamente. Silbaba feliz y satisfecho el Oh say, can you see?, seguía con la toalla puesta en la cintura mientras hurgaba entre los miles de botes de potingues del armario empotrado que también le servía de espejo.

Ojeó los trajes uno a uno, y ninguno le pareció a primera vista conforme a sus medidas. Abrió la ventana del dormitorio y miró a la calle. Dos conductores se gritaban en medio de la calle, a punto de llegar a las manos. Infelices, pensó.

Se acercó a la mesilla y marcó el número de su casa.
-¿Diga?
-Hola, cariño, soy yo.
-¿Quién es?
-Soy tu marido.
-Esto es la comisaría de Central Square. ¿Quién llama?
-¿Ha pasado algo?
-¿Que si ha...? ha llamado usted, amigo.
-Hay un cadáver.
-Dígame desde dónde llama.
-Estoy en casa.
-¿Dónde vive? ¿Es una broma?
-No, el cadáver está delante de mí. Tiene dos agujeros de bala en la cabeza. Está muerto, agente.
-Dígame el número y la calle y mandaré una patrulla ahora mismo.
-¿Ha visto usted Alguien voló sobre el nido del cuco, agente?
-¿Qué...? Dígame el número o colgaré ahora mismo.
-Si, la de Jack Nicholson, la del hombre que es encerrado en un manicomio por ser un delincuente con trastornos. Pues bien, hay una escena muy buena; resulta que la enfermera jefe, la horrible enfermera Ratched, no permite al nuevo interno ver un partido de béisbol. Pero él tiene tantas ganas de verlo que simula estar siguiendo el partido en la televisión apagada, y todos los malditos locos se emocionan con él cuando narra cómo los Yankees consiguen batear por encima de la valla del estadio y se hacen con la victoria. Jack Nicholson está impecable. Me fascinó la película. (...) Al final lo dejan tonto, indefenso, metiéndole cantidad de electricidad en la cabeza. Me entristeció ver a alguien tan lleno de vida en ese estado, era realmente triste. Cuando lo dejan en la cama, y lo ves allí, quieto, y esperas que reaccione..., pero no lo hace. Realmente sentí rabia por él. No se puede hacer eso con una persona. No se puede, no se puede.

Donde nunca brilla el día

-¡Ponte el abrigo, va a llover!

La eterna cantinela de las madres. No hice caso, y bajé hasta la calle sin él. Había conseguido atrapar una cerveza de medio litro de la nevera. Mis padres no estaban acostumbrados todavía a verme beber alcohol y no sospecharían.
Llevaba encima un cabreo muy serio mezclado con una tristeza insoportable.
Repaso esos días, ese verano, y no acierto a encontrar motivos. Pero sí me acuerdo de lo que me pasaba en ese momento.
Yo y la cerveza, recorriendo un camino oscuro y peligroso.
Estaba solo.

En aquella carretera comarcal no había ni una farola y yo debía arrimarme a los lados todo el rato por sí algún conductor borracho o simplemente despistado me arrollaba.
Pensaba en mil cosas, y no tenía noción del tiempo. Acabé en un monasterio que estaba apartado a un lado del camino y me acerqué a la entrada. Estaba en los alrededores de un pueblo del norte, en medio del campo, en la entrada de un monasterio, con los grillos y sonidos vagos de vehículos pasando a unos cien metros. Solo, acechado por el miedo y las ganas de pegarme un tiro. La cerveza era de una marca blanca bastante mala, pero mis sentidos no pusieron pega alguna a beber aquel veneno.
El medio litro se esfumó deprisa. Y luego no supe qué demonios hacer. Supuse que solo me quedaba invocar a la melancolía con las canciones de Enrique Urquijo. Me apoyé en la pared del edificio sacro, y me enchufé los cascos hasta el cerebro. Comenzó a sonar “Agárrate fuerte a mí, María”, y me dejé seducir por sus acordes geniales. Su voz hundida, su tono suplicante, ese órgano extraordinario, el piano, y la guitarra... la letra me terminó de vencer. Era absurdo, pero era mi forma de no estar triste solo. Enrique sufría conmigo, y eso lo agradecí. Así estaba, sumido en la tristeza más absoluta, o eso me parecía a mí.

Comenzó a jarrear como si una presa en el cielo se hubiera desbordado. Pensé, inocente de mí, que uno de los árboles me protegería, pero no hice sino mojarme un poco más, porque todas las hojas descargaban sobre mí su contenido. Decidí volver. No tengo por costumbre preocuparme por mi ropa cuando llueve, pero caía lo que no está escrito. Aceleré el paso. Al final corrí.

Sentí entonces una sensación de júbilo. Escuché a todo volumen Yellow, de Coldplay. Me recorrió el cuerpo y el alma. Estaba exultante, corriendo con la ropa empapada. Me parecí James Stewart cuando despierta de la pesadilla en Qué bello es vivir, y va recorriendo el pueblo mientras grita y saluda a todo el mundo fuera de sí, porque todo vuelve a ser como era.
Algún coche con el que me crucé casi me atropella, pero en ese momento no me importó. Corría, calado de la cabeza a los pies. Y no había nada más. Estaba feliz, sin saber bien cómo. Quizá el cielo no quiso verme así de hundido, quizá los hombres santos que habitaban el lugar se acordaron en ese momento de los desamparados, quizá llovió y ya está. Yo quedé limpio, transparente, nuevo otra vez, como recién salido del purgatorio. Me encaminaba corriendo hacia casa.

Al alcanzar el porche, me derrumbé en el suelo y me reí de todo. Estuve así unos minutos, pensando y saboreando aquella sensación increíble. Mis padres salieron y me vieron así. Y adivinen la frase que salió de los labios de mi madre. Pero daba igual. Ya nada importaba. Yo estaba curado, por lo menos por una noche, y no existía nada más.

Dioses

En Madrid, cuando ya no molesta el sol, nos espera un lugar que nos recibe con los brazos abiertos. Es casi sagrado para nosotros, como nuestro refugio, nuestra segunda casa. Es un tejado, una especie de azotea, “La chimenea” para nosotros.

Parece un torreón. Se asemeja a los que en la Edad Media servían para vigilar el horizonte. Por las escaleras, después del décimo piso, si continúas subiendo por las escaleras, descubres una puerta en la que se advierte del peligro de cruzarla.
Para nosotros es como una invitación, una sugerencia escondida. Hay que saber entender a las puertas prohibidas. Si dicen ¡no pases!, debes entrar, siempre.
Porque detrás de las puertas prohibidas está lo mejor de la vida. Cuando cruzamos esa puerta y recibimos el aire frío en la cara, nos damos cuenta de que algo se ha transformado en nosotros. Pero todavía no hemos llegado. Aún debemos arriesgar y jugárnoslo todo. “La chimenea” se encuentra en lo alto y por un momento nuestros pies no tocarán el suelo y podremos sentir el peligroso vacío debajo de nosotros.
Setenta metros nos separan del suelo. Casi podemos tocar el cielo.

Arriba, lo que es realmente la chimenea, las paredes, un día de ladrillo rojizo, son ahora de un aspecto tiznado, triste. Me recuerda a menudo a la escena de los deshollinadores bailando en el tejado, en Mary Poppins. Nuestra guarida es sencilla, un recinto vacío que invadimos con confidencias y grandes historias. Cuando estoy allí pienso en la gente que no entiende este tipo de cosas, y pienso que yo no puedo entenderlos a ellos.
En las noches de invierno nos resguarda del viento helado una pared de metro y medio de altura. Pegados a ella, sentados, juntos hombro con hombro, fumando pitillos clandestinos, nos sentimos amigos. En primavera y verano las veladas son más agradecidas, y podemos asomarnos a mirar sin necesidad de resguardo ni abrigo. El panorama que desde allí se contempla es grandioso. Un regalo más, de la capital.

No olvidarás nunca lo que estarás viendo. Desde allí arriba, vemos el mundo iluminado. Las farolas no fueron inventadas para iluminar las calles; se pusieron ahí para los que miramos el mundo desde lo alto, para que pudiéramos observar nuestros dominios y sentirnos orgullosos de nuevo. Desde lo alto, hablamos con la luna y podemos contarle al oído nuestros sueños y anhelos mas sinceros. Subidos a la chimenea, los gatos escuchamos “Pereza”, y gritamos sus letras geniales.

“La más bonita que ninguna, ponía a la peña de pie, con más noches que la luna, estaba todo bien. Probaste fortuna con héroes de barrio, y conmigo también. La estrella de los tejados, los más rock n’roll de por aquí. Los gatos andábamos colgados de Lady Madrid. Pitillos ajustados, era de Burning, Ronaldos y Lou Reed, y nunca hablaron los diarios de Lady Madrid”.

Y luego ese solo de guitarra que primero se hunde y luego se eleva como un fuego artificial para estallar e iluminar el cielo.

Cantando, de pie con un cigarro en los labios y una cerveza en la mano, somos dioses.