martes, 29 de junio de 2010

Tristeza hechicera

Me quedé observándola. Estaba delante de la ventana, apoyada en el quicio. El sol dibujaba su perfil y la hacía parecer mística. Fumaba, y en vez de expulsar el aire, simplemente lo dejaba escaparse de su boca. Y pensé que se merecía una historia, una que la convirtiera en leyenda, una que pudiera recordarla y que nunca permitiese menguar los hechos que la hicieron así. Ella se forjó una historia, y era ahora la Historia la que se encargaría de elevarla a lo más alto.

Nació cerca de Kansas, en un pueblo abrasado por el sol. A pesar de ello, fue siempre muy pálida. Desde pequeña supo valorar el dinero. Nunca tuvo demasiado y eso la hizo más fuerte. Su padre le enseñó a leer. Casi no fue a la escuela, trabajaba en la calle, repartiendo periódicos, haciendo recados para amigas de su madre. Su padre murió en la primera guerra mundial, y a causa de ello su madre tuvo que ser ingresada. Cuando pudo irse de allí, sacó el dinero ahorrado de debajo de la balda del pasillo e hizo las maletas. Tenía diecisiete años. Al llegar a la taquilla le pidió a la simpática mujer que eligiera un destino barato y le diera un billete. Sólo de ida. Terminó en West Virginia. Trabajó de camarera durante un año entero, de lunes a viernes por el día, y de viernes a domingo por la noche. Ganaba poco, y dormía habitualmente donde podía. A veces el dueño del local le permitía dormir sobre el pequeño escenario. Le daba una manta raída y le cerraba por dentro hasta la mañana siguiente. No necesitaba más.

Sabía tocar el saxo gracias a su hermano, que había tenido uno viejo y nunca usó. Siendo niña se colaba con su instrumento en la escuela de música y espiaba las lecciones de la señorita O´Brien desde un anfiteatro. Aprendía rápido. Un día se le escapó una nota, y todos los niños se volvieron a mirarla a lo alto. Ella, orgullosa, se dejó ver y comenzó a tocar. La profesora quedó encantada, pero tuvo que expulsarla cuando la niña respondió con un corte de manga a un chico que desde abajo le había sacado la lengua. Así que reunió dinero para comprarse uno y se dedicó a tocar en las calles. Cuidaba su instrumento como a un hijo. Su talento llegó a oídos de una banda de jazz de Missisipi, y le propusieron unirse a ellos. Muy poco tiempo después había demostrado ser el alma del grupo. Viajó con ellos por todo el país en una vieja camioneta que parecía no desfallecer nunca: Montana, Idaho, Oregón, Arizona, Colorado, Nevada, California.
Llegó la crisis y la banda volvió a dónde había nacido, a Missisipi. Allí conoció a un hombre con dinero, y después de casarse con él, abrió un local en el centro del condado, que a la larga sería conocido como el Gin&Jazz, famoso en todo el estado. Al cabo de los años, el marido resultó ser un desgraciado que bebía más de la cuenta. Se dice que un día la pegó. Fue la primera y última vez. Desapareció de repente. Ella vistió de luto un mes, luego vendió el local a un buen precio y bajo una serie de condiciones que le aseguraran muchos años de esplendor, y se largó. Se trasladó a la gran ciudad. Nueva York, ciudad que sólo había podido conocer a través de lo que le contaban los extraños que pasaban muy de vez en cuando por su pueblo natal. Un paraíso de prosperidad y oportunidades para todos. Allí intentó abrir otro local, pero todo salió mal. Perdió todo, menos las ganas de seguir adelante. Conservaba su saxo, y eso pudo mantenerla a flote unos años más. En el otoño del cuarenta y cuatro se marchó a Europa como enfermera voluntaria. Aterrizó en Francia y colaboró con los suyos hasta el final de la guerra. De niña había oído hablar de los paisajes tranquilos de Italia. De coche en coche, haciendo autostop, llegó a finales del cuarenta y cinco a Ancona. Allí pidió un préstamo para abrir un estanco cerca del centro.

Se ganó el respeto y la admiración de sus clientes por su trato amable y honrado. Un día a un cliente habitual se le cayó un billete de quinientas mil liras. Lo vio mientras barría la entrada del negocio. Alcanzó al dueño y le tendió el billete. Antes de que pudiera reaccionar, se dio la vuelta y siguió barriendo concienzudamente. El dueño resultó serlo también de una importante viña, y le ofreció un puesto de administración en su finca de Bari. Ella se lo agradeció y le dio largas. Estaba a gusto así, no quería cambiar por el momento.

Pasó sus años más felices en ese pequeño pueblo del norte de Italia, trabajando duro de día y paseando por el puerto de noche, sola, escuchando el ruido de los barcos amarrados al balancearse suavemente en el agua. Fumaba en el rompeolas, hiciera frío o calor. A veces la acompañaba su instrumento, y se la oía tocar, despacio, con cuidado, cualquier melodía que la hiciera recordar su casa, en Kansas. Un día se decidió en mitad de su paseo nocturno: vendería el negocio, se marcharía de allí. Tenía entonces casi cincuenta años.

Y volvió a su patria. Por alguna razón sabía que iba a morir pronto. Continuaba fumando demasiado, y al final el cáncer la alcanzó y la despojó poco a poco de sus encantos. Seguía siendo muy bonita, altiva, solitaria, orgullosa, firme, mujer desafiante, temida por muchos y no querida por nadie.

Me contaron en su pueblo que de pequeña no paraba de moverse. Todo el día iba de aquí para allá, explorando, preguntando en todos lados por todas las cosas que se le ocurrían. Aprendió a conducir con nueve años, cuando los pies apenas le llegaban a los pedales. Fumó su primer cigarro a los once años. Le encantaba liarlos con su abuelo en el porche de su casa. Y durante los siguientes cincuenta no lo dejó nunca. Cuando le decían que no era nada femenino, respondía siempre lo mismo: "Nunca quise ser mujer, me gusta fumar y me disgustas tú, no tengo nada que hablar contigo"
Creo que no fue feliz, no quiso serlo nunca. Y la veo ahí, ahora, fumando despacio, como una vieja estrella de cine que añora triste sus días de gloria, iluminada por el sol, y no puedo dejar de envidiarla.

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