Cigarro, y entre el humo que sale de mi boca, vuelvo a hacerlo. Otra vez a acordarme de la tristeza de Holden, a echar de menos lo mismo que Enrique Urquijo.
A veces me da cien patadas la gente feliz, la que nunca parece haberlo pasado mal.
Jode estar al otro lado. Jode no tener los motivos para estar así, y sin embargo estarlo como los otros, personajes ficticios o personas con falsos recuerdos, que, joder, añoran lo que no pasó. ¿Querer sentirse mal por algo bueno? Es lo que hay.
Después vuelves a dar otra calada, y piensas que ya es hora de cerrar algunas puertas, de acabar con todo lo que te lastra y te hace retroceder. Duele y jode más que cualquier cosa que haya conocido.
-Flaca... -un suspiro se escurre en la oscuridad y el silencio- no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo, no me duele, no me hace mal.
Ni siquiera miro si te has vuelto. Tengo un cigarro, también un proyecto que espero dure más en mi cabeza que él, y poco más. Ganas de liarme a leches con la vida de una vez, de cabrearme por cosas que lo merezcan, de crecer. Entretanto voy preparándome. Ya lo creo. Tiene gracia; en vez de atacar, de luchar, lo único que voy haciendo es frenar. Vamos tirando, como le gusta decir a aquél. Ya lo creo.
Ella, ella, ella, ella, ella también, tendrán que guardar la fila. Coger número, que coño sé.
¡NO! Deja ya de echar de menos a todo el mundo, es mejor contar cosas a la gente. Es mejor vivir. Hasta aquí, Holden, para. Ya. Ahora yo solo, como cuando te soltaban por fin en la bici, y te la pegabas contra el árbol a los dos putos metros.
Ahora, la vida. A por ellos.