Muy pronto perdí la ilusión por la vida, por vivir. Muy pocas cosas conseguían despertar algo bueno en mí. Cansancio, angustia, muchos pensamientos y tristeza. Vivía haciendo lo justo; mantenía, no sabía bien cómo, amigos y buenas relaciones, pocas pero buenas, con mi entorno. Cada noche se acostaba pensando en lo vacío que había estado su día. Le costaba mucho dormir. Egoísta, no podía evitar pensar mucho en sí mismo, y le daba vueltas y más vueltas a sus a veces insignificantes problemas. Él era la pescadilla y la cola, y no dejaba de morderse y hacerse daño al volver una vez, otra vez y siempre, sobre lo mismo: él.
Su cabeza empezó a fallarle, y pronto se conformó con poco. Según pasaron los años, empezó a rebajar sus expectativas vitales de amor, sobre todo, y de trabajo. No le importaba ya con quién compartir su cama, si hombre o mujer, si joven o ya en la madurez. Se enamoraba un par de veces cada mes, aceptaba cualquier forma de cariño. Sabía y temía que terminaría pagando por ello al cabo de no tanto tiempo. El mundo que se desmoronaba a su alrededor ya no le importaba un cuerno, pero se deprimía siempre que encontraba muertes e injusticias en las páginas del periódico. La impotencia lo invadía y se hundía un poco más.
Pensaba que igual debería haberse quitado de en medio mucho tiempo atrás, cuando empezó a ceder en el terreno de sus deseos y esperanzas. Sin embargo, cada día volvía a levantarse, a vestirse y a vivir, despacio y cansinamente, pero a vivir.
Achacaba esta supervivencia inútil a Dios y a sus oraciones de cada noche, que repetía de rodillas como le había enseñado su padre. Nunca olvidó rezarlas, ni un sólo día dejó de hacerlo. Era, quizá, lo único que le mantenía con vida.
Algún día, estoy seguro, todo cambiará y empezará a apreciar todo lo que le rodea y a vivir lo que le quede con la ilusión que le invadía de niño.
...todavía hay falsos recuerdos que añoran lo que no pasó. Todavía guardas mis secretos, los tuyos guardo yo.
jueves, 7 de julio de 2011
martes, 5 de julio de 2011
Dos gotas
Un día gris se cayeron al mar. Una flotó, la otra siempre se ahogaba. Mientras se hundía, pensaba porqué terminaba siempre hundiéndose si era una gota normal y corriente, como todas las demás. Conocía los motivos, pero no dejaba por ello de sentirse gilipollas. Se hundía y hundía, y no veía nada entre la oscuridad del fondo del mar. Más que nunca se sintió sola.
Aunque la oscuridad le empezaba a resultar dolorosamente familiar, no dejó nunca de arrepentirse de caer por lo mismo. El peso de su tristeza le impedía flotar. Pensó un momento, mientras bajaba más y más, que quizá no fuera la única gota que se hundiera, que el mar, al fin y al cabo, lo formaban millones y millones de gotas como ella. Pero no se sintió aliviada. Pidió perdón sin esperanza, y no sucedió nada. Se arrepintió con llanto y excusas, y tampoco dejó de caer. Por último, encontró dentro de sí un poco de contricción y humildad. Se supo nada especial, como siempre pensó que había sido. Y aún cayó un rato.
Madrid no tiene mar, pero cualquier charco, negro y sucio, puede servir de pantano para una gota pequeña y frágil. Por fin flotó. Así vivió feliz durante un tiempo. El calor le ayudó a volar. Y desde el cielo, un día, dos gotas, junto con cientos de miles, volvieron a caer. La herida, como decía la canción, volvía a sangrar.
Aunque la oscuridad le empezaba a resultar dolorosamente familiar, no dejó nunca de arrepentirse de caer por lo mismo. El peso de su tristeza le impedía flotar. Pensó un momento, mientras bajaba más y más, que quizá no fuera la única gota que se hundiera, que el mar, al fin y al cabo, lo formaban millones y millones de gotas como ella. Pero no se sintió aliviada. Pidió perdón sin esperanza, y no sucedió nada. Se arrepintió con llanto y excusas, y tampoco dejó de caer. Por último, encontró dentro de sí un poco de contricción y humildad. Se supo nada especial, como siempre pensó que había sido. Y aún cayó un rato.
Madrid no tiene mar, pero cualquier charco, negro y sucio, puede servir de pantano para una gota pequeña y frágil. Por fin flotó. Así vivió feliz durante un tiempo. El calor le ayudó a volar. Y desde el cielo, un día, dos gotas, junto con cientos de miles, volvieron a caer. La herida, como decía la canción, volvía a sangrar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)