Todo se desarrolla en ese teatro de bullicio y alcohol. Entre paredes color piel y ancianos jugando a cartas, a duras penas consigo tomarme un café. En la televisión, un típico y somnífero documental de la dos. En la pared un reloj quiere parecer antiguo, pero se delata con el símbolo de Cocacola. Sillas de madera, incómodas, que te rechazan casi antes de ocuparlas.
Mesas para todos; algunas vacías, solitarias de una sola silla; otras para estar con amigos y jugar al mus de cuatro plazas, y las sillas altas de la barra, que ayudan a los bebedores empedernidos a apurar sus copas.
La carta de alcohol es muy completa: JB, Larios, Cacique, Jack Daniels, Gordons, Brugal y otros que no puedo distinguir. El lugar es llano. Entiéndanme, nada cordial, entrañable o por lo menos agradable que invite a entrar y derrochar. Un cocodrilo acecha a su presa asomando la cabeza desde debajo del agua. Algo de suspense en este puñetero geriátrico. Cuadros de arte moderno que dañan la vista, Lou Reed sonando en el aire y la máquina de tabaco más solicitada que haya visto nunca. El lugar en cuestión, es algo así como triangular; y si nos ponemos precisos, visto desde arriba puede parecer un ataúd. No soy yo el pesimista, es lo que no hay lo que me inspira. Sombras proyectadas en el techo por unos farolillos que cuelgan de la pared, que interpretan el papel de las antorchas de los castillos de la edad media. Resplandeciente, pero sin vida. Como la luz que entra por las vidrieras en las catedrales. ¿Solemne? Pero en una cafetería o un bar no ayuda mucho. Una señal luminosa de emergencia te invita a largarte nada más entrar, y un paragüero con un ejemplar verde brillante dentro, que hace las veces de planta decorativa, porque la de la entrada reposa totalmente mustia y tampoco aporta nada.
La barra es el búnker, la verja o la defensa, un recodo de tres metros por dos, que separa el mundo de los vivos, el de los saciados y el de los muertos de sed.
Allí detrás dos jóvenes extranjeras, Amanda y Rosa, atienden a los moribundos con una sonrisa amable, casi radiantes. Una pareja joven. La madre pendiente del chaval, y el padre de los cocodrilos. Una mujer mayor fuma un purito distraída. Una pareja de negros disfruta apartada, en la esquina, de su cerveza y su intimidad. Columnas con espejos, servilleteros color plata a punto de reventar y dar a luz a miles de servilletitas, una colección de añejos acertadamente instalada en las alturas, fuera del alcance de los insatisfechos y los insaciables.
Un par de niños aparecen en escena con su padre y rejuvenecen el ambiente. En su mesa, el servilletero se convierte en un robot asesino y destructor. Comienzan a reír en su mundo. Menudo contraste. Mayoría de canas y en ese rincón dientes que no han salido todavía. Humo, jugadas ganadoras, farfulleos y resoplidos de perdedores y fracasados, camaradería, tragos de veneno. Ludópatas desplumados, murmullo eterno, desolación, flujo de billetes arrugados y manoseados, vida que agoniza.
Palabras que se escapan y se pierden.
- Tengo un dolor de cabeza descomunal. Llevo tres días trabajando sin parar, y ya no aguanto más. Al final siempre tienes razón.
Se vuelve.
- ¿No tendrá usted un cigarro?
No, no tengo, y me largo de aquí. Me estoy contagiando de la vejez de este sitio agónico, y prometo no volver la vista atrás cuando cruce la puerta. Nunca volveré allí.
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