Por fin habían llegado a un acuerdo. El precio era razonable si pensaba en los desperfectos de aquella casa que había sido suya en los últimos cuarenta años. Al tejado le faltaban varias tejas. Las enredaderas habían ganado la batalla a su eterno empeño de limpiar el tejado de esas “pequeñas malditas”. Ahora poblaban gran parte del porche y el techo había empezado a filtrar continuas gotas de lluvia al salón principalmente en marzo y abril. Las tuberías estaban en muy mal estado, el suelo a menudo presentaba desconchones, y las paredes eran un espléndido mural de grietas y pintura que padecía lepra. Le gustaba pensar que la que dejaría de ser su casa se quejaba por el paso del tiempo, y por lo bueno que en ella se había vivido. Risas, amor, vida.
Cuarenta años, una mujer querida que tuvo que fallecer de aquel maldito cáncer de pulmón; cuatro hijos, que se fueron cada uno por su lado; y un perro pastor, que todavía ladraba triste buscando perseguir el coche de la difunta señora de la casa, todos los días, esperando a que enfilara el camino de los olmos hacia la casa. Con la mujer desapareció también la vitalidad del hogar. Su figura al piano, su frenético trajinar en la cocina mientras silbaba Blowing in the wind, sus paseos por el jardín y el bosque, los partidos de tenis, tan reñidos como amañados para ella. Todo tomó el tono gris del moribundo, las paredes ya no brillaban, como le parecía a él que lo hacían en vida suya.
Firmó el cheque y miró al abogado. Este sonreía cómo el que acaba de hacerse con una ganga.
- Ha hecho usted un buen negocio, se lo aseguro. No encontrará un precio mejor por esta...- dijo mirando con desprecio disimulado a su hogar- ...casa.
Sintió ganas de hacerle sufrir. Pero ya había vendido su alma al diablo, ya no había vuelta atrás. Se sintió impotente, viejo, abatido. ¿Quién ocuparía esas estancias que habían visto nacer y crecer tanta vida? ¿Qué mujer podía moverse con tanta soltura por la enorme cocina sin parecer acaso una intrusa? Sintió que le faltaba el suelo, las fuerzas le abandonaron y se desmoronó. Durante unos minutos estuvo casi muerto, le parecía que lo que debía ser su alma intentaba salir de su cuerpo acabado.
Pero algo más sucedió. Olvidó su miseria. Encontró un sentimiento nuevo, un peñasco al que todavía podía agarrarse. Unos ojos casi olvidados le habían resucitado. Algo le levantó y se dirigió hacia la que ya había dejado de ser su casa. Le invadía la excitación que precede a los actos capitaneados por la locura más desconocida. Los sesenta años que contaba a sus espaldas no le impidieron llegar rápido a su cuarto, alcanzar la escopeta de caza, que no recordaba haber cargado, pero que lo estaba, y bajar como un rayo. Se adentró en el bosque. La carretera describía una larga curva para rodear la arboleda, que si de largo tenía varios kilómetros, de ancho no tenía mucho. Corría entre los árboles como poseído. Llegó a la carretera a tiempo de escuchar de lejos, acercándose, el sonido de un coche.
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Anochecía y delante del fuego el viejo pensaba, absorto, lejos de allí, en cómo manejar aquella situación tan enrevesada pero tan sorprendentemente apasionante. Había sido capaz. No se había reconocido en lo que había hecho.
Fuera, el elegante coche del guardaba un cadáver en el maletero. El perro dormitaba junto a una rueda, vigilando la inquietante tranquilidad de la noche.
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Apareció entre la maleza. Cuando el coche se acercó, se plantó delante del camino con gesto serio y los brazos en alto. El coche frenó despacio, como quejándose de interrumpir la velocidad que había seguido hasta el momento. Con el motor todavía encendido, el hombre asomó la cabeza por la ventanilla. Sin mediar palabra, sacó la escopeta de caza que había escondido en una de las botas de montar y le acertó cuatro disparos en la cabeza. Siempre había sido buen tirador. Solía hacer buen papel en los concursos de tiro al plato de la región, que se celebraba en agosto. Ahora, en pleno invierno, había vuelto a ser, inesperadamente, temporada de caza.
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El fuego crepitaba como lo hacen todos los fuegos, con la excepción de que debía ser azuzado muy de vez en cuando por mano del viejo. La escopeta descansaba apoyada en uno de los brazos de la mecedora. Pensaba en la increíble sensación salvaje que había experimentado al disparar. Los disparos se repetían con avidez en su memoria, y hasta sentía un extraño placer al recordarlos. Esa casa seguiría siendo habitada por él, hasta que la vieja hija de puta de la muerte no dijera lo contrario. Ya era hora de empezar a vivir de verdad, se decía a sí mismo.
Por la mañana, se despertó por los golpes que alguien daba en la puerta de madera de la parte de delante, la que estaba junto al porche. Estaba teniendo un sueño tranquilo, ininterrumpido, como hacía mucho. Cauteloso, observó por la ventana al que le había despertado a esas horas. Se olvidó de su mal despertar, y se sorprendió al comprobar que era una mujer, bien vestida, incluso muy atractiva, joven, la que le había despertado. Cambió su enfado por una curiosidad juvenil, y bajó a abrir la puerta casi sonriendo.
- Buenos días, ¿le he despertado?
- No, por Dios, a esta edad ya se duerme poco. ¿Qué quiere?
- La verdad es que pasaba por aquí y al ver esta casa tan preciosa he decidido conocer a su dueño.
La desconfianza crecía a medida que ella hablaba y él la observaba. Pero la curiosidad inocente pudo más, y le pidió que le hiciera el favor de pasar.
- Si me disculpa un momento, subiré a vestirme y enseguida estaré con usted.
Mientras se cambiaba, sentía por dentro una nueva emoción, otra vez estaba excitado y se parecía a sí mismo más joven, con nuevos y renovados encantos. Incluso se permitió ponerse el perfume que había comprado para el funeral de su mujer, dos años antes.
Silbaba cuando bajó por las escaleras. La encontró parada, en medio del salón.
- ¿Desea un café? Es pronto y seguro que le apetece.
- No, tenemos asuntos de los que ocuparnos.
Le invadió una extraña familiaridad. Había escuchado esa voz alguna vez, antes, hacía mucho tiempo. Pero podía jurar que no había visto a esa mujer en su vida.
- ¿De qué asuntos habla?
Cuando lo hubo preguntado, sintió que conocía la respuesta.
- Usted y yo, aunque ya veo que no lo recuerda, hablamos una vez. Le busqué y me habló de todo lo que tenía. Me habló de esta casa, de su mujer, de sus cuatro hijos maravillosos. Le envidié. Le dejé ir. Pero me has vuelto a llamar. Ahora, ven, acércate, bien. Y escucha con atención lo que te voy a decir. Coge la escopeta, ahí al lado de la mecedora. Mírame. Tranquilo. Apoya el cañon en tu sien. Dispara. No lo pienses, vamos, no tengo mucho tiempo. Sonaba dulce y perversa, la voz.
Desconcertado y seducido al mismo tiempo, agarró el arma e hizo lo que la mujer le había sugerido. Se colocó el arma en la sien. Antes de disparar, le pareció que ella palidecía levemente. Justo al reventarse los sesos, vio cómo ella esbozaba una sonrisa misteriosa, como la del que comprueba que tenía razón confirmado sus previsiones.
El viejo animal, que todavía descansaba junto a la rueda, en el jardín, aulló triste al no ver enfilar el coche de la señora, un día más, el camino de los olmos que llegaba hasta la casa.
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