martes, 29 de junio de 2010

Madurez franqueada

Escribía ido, frenético. Palabras, frases, párrafos, páginas. Las ideas se atropellaban, su cabeza iba muy por delante de su mano y nunca le dejaba detenerse.
El lápiz volaba por el papel con la intensidad de un río que no admite altos en su recorrido hacia el mar. Normalmente, solo a las dos horas de la furiosa tarea, se obligaba descansar, y se levantaba a fumarse un cigarrillo en el balcón, saboreando tranquilo los contrastes de la calle. Después volvía a la batalla otra vez, con fuerzas renovadas.

En un momento de descuido, algo se coló en la tupida maraña de ideas de su cabeza, mientras rellenaba más espacio en blanco. Perplejo, se detuvo y se quedó observando aquella palabra vieja. Aquel nombre lo había invadido un día. Se recostó en la butaca y se permitió recordar, al tiempo que repasaba con el lápiz, despacio, cada una de las letras que formaban parte de ese recuerdo.
Soñó con luz, con risas infantiles, con secretos y promesas.
Voló al jardín de sus juegos de niño, al gran árbol que utilizaban para navegar en sus sueños, al escondite del acantilado, a sus labios entregados. También irrumpió el dolor y la sorpresa, el engaño y la mentira; y volvió a la habitación, para ser maduro otra vez, al topar con la muralla del recuerdo que no se desea revivir, para que la herida empiece a curar, para olvidarlo todo otra vez.

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