
Escuchamos y cantamos ese gran concierto sentados cómodamente en el Toyota. Habíamos aparcado en la parte alta del barrio, desde dónde veíamos parte de Madrid iluminada.
Tres o cuatro de la mañana, el suelo del coche lleno de chapas de cerveza y buena música para los oídos y las almas tristes. Cambiábamos de posición cada tres o cuatro canciones y cada poco tiempo salíamos a mear en un árbol. El frío de la madrugada, escenario de grandes conversaciones, las mejores, nos despertaba por momentos.
Sobre todo pensamos en nuestras cosas, en cómo salir del estancamiento vital en el que nos encontrábamos, de cómo volver a intentarlo y vencer por fin a la tercera. Nos teníamos el uno al otro al menos.
Seguimos vaciando botellas una detrás de otra un buen rato, fumando y escuchando el concierto.
- ¿Sabes? Yo quiero que mi novia entienda y me quiera en parte por esto que estamos haciendo.
- No, tú quieres que te quiera a pesar de esto.
Salió otra vez el amor, el dolor, el rencor, la vida. Salieron María, Marta, Elena...
Seguimos allí hasta las seis de la mañana. Quizá fue una de las mejores y más tristes noches de mi vida. Triste porque, después de tanto tiempo, seguíamos en las mismas. Mejores por la compañía sincera, porque nos la sudaba la madrugada, por la cerveza, por la música única y genial, también sincera y triste, por las vistas, por la amistad que seguía uniéndonos, eso era igual que siempre.
Descargamos penas, cargándolas en el otro, nos reímos con las burradas que dijimos.
Al terminar una botella, salíamos a estrellarla contra el asfalto, era como si la rabia y la impotencia, el miedo que teníamos, se aliviaran al romperse los cristales. Contentos por nada, hasta que a la mañana siguiente nos pusimos serios.