martes, 5 de octubre de 2010

No sé qué es esto ni de donde ha salido

Mi vida es como un maldito cigarro. Nací, y alguien, en alguna parte del mundo, se encendió un cigarro. Me gusta pensar que estaba oscuro y había silencio. Casi no importa el paisaje que estuviera contemplando. Con la primera calada, me salieron algunos dientes. A la vez, los años finales de mi vida estaban cada vez más cerca.
Se acercaban cuando el humo salía despacio de su boca.

Yo me consumía con cada cosa buena que hacía. Porque todos esos que creían que yo era bueno, no podían imaginarse lo podrido que pude llegar a estar. Que estoy.
Por dentro me vanagloriaba de todo. Cada éxito, cada palabra humilde que conseguía decir, cada abrazo que di y confortó, consoló, cada palabra que escribí y ayudó, cada minuto que gasté en hacer reír, cada detalle, todo, estaba sucio. Como si antes de entregarlo, cada una de las cosas que he dicho, las hubiera mojado en veneno. Mi vida fue muy corta. Porque ese veneno me fue inyectado con la primera calada que dieron unos labios extrañamente familiares y desconocidos en alguna parte del mundo.
El cigarro es cada vez más corto, cada vez está más consumido. Sigo igual de malo, a la vez que mi existencia se escapa en el aire. Y el desconocido no deja de fumar.
¿Se puede vivir enfermo por dentro y mejorar algo en el exterior de mi cuerpo?
Lo hice. A cambio yo me apago, dejo de tener fuerzas para vivir. En vez de crecer, a fuerza de arder, no de amor ni nada de eso, sino de pura soberbia, encojo hasta que el desconocido se lleve mis últimas fuerzas en un último suspiro lento, cuando me escape convertido en otra materia, en el aire, y entre él, ya no se me reconozca el rostro.

Pienso, ¿no he hecho por lo menos algo bueno? ¿Soy una especie de sacrificio humano?
Soñé y sufrí igual que muchos, igual que todos los que vivimos en la tierra. Pero los humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Yo nací, pero ni crecí ni me reproduje. Sí he muerto. La colilla ha caído por una ventana, y antes de caer al suelo, puedo comprobar que está lloviendo, y me gusta pensar que por lo menos alguien llora por mí. Por lo que tuvo que hacer conmigo para que otros pudieran sobrevivir a tanto sufrimiento, fruto de sueños rotos. Me gustaba ser la lumbre en la oscuridad.

2 comentarios:

Palzol dijo...

Coke!

Te sigo leyendo, como ves... No hay como leer un relato tuyo para que te cambie la tarde... (no sé si a mejor o a peor, jeje) Está muy bien escrito pero estás hecho un existencialista... Ya comentaremos! Un abrazo!

Pablo.

Palzol dijo...

... por cierto, tengo el móvil "out of order", pero me acordaré mucho de tu examen de conducir de mañana. A por todas! Un abrazo!

Pablo.