martes, 29 de junio de 2010

Donde nunca brilla el día

-¡Ponte el abrigo, va a llover!

La eterna cantinela de las madres. No hice caso, y bajé hasta la calle sin él. Había conseguido atrapar una cerveza de medio litro de la nevera. Mis padres no estaban acostumbrados todavía a verme beber alcohol y no sospecharían.
Llevaba encima un cabreo muy serio mezclado con una tristeza insoportable.
Repaso esos días, ese verano, y no acierto a encontrar motivos. Pero sí me acuerdo de lo que me pasaba en ese momento.
Yo y la cerveza, recorriendo un camino oscuro y peligroso.
Estaba solo.

En aquella carretera comarcal no había ni una farola y yo debía arrimarme a los lados todo el rato por sí algún conductor borracho o simplemente despistado me arrollaba.
Pensaba en mil cosas, y no tenía noción del tiempo. Acabé en un monasterio que estaba apartado a un lado del camino y me acerqué a la entrada. Estaba en los alrededores de un pueblo del norte, en medio del campo, en la entrada de un monasterio, con los grillos y sonidos vagos de vehículos pasando a unos cien metros. Solo, acechado por el miedo y las ganas de pegarme un tiro. La cerveza era de una marca blanca bastante mala, pero mis sentidos no pusieron pega alguna a beber aquel veneno.
El medio litro se esfumó deprisa. Y luego no supe qué demonios hacer. Supuse que solo me quedaba invocar a la melancolía con las canciones de Enrique Urquijo. Me apoyé en la pared del edificio sacro, y me enchufé los cascos hasta el cerebro. Comenzó a sonar “Agárrate fuerte a mí, María”, y me dejé seducir por sus acordes geniales. Su voz hundida, su tono suplicante, ese órgano extraordinario, el piano, y la guitarra... la letra me terminó de vencer. Era absurdo, pero era mi forma de no estar triste solo. Enrique sufría conmigo, y eso lo agradecí. Así estaba, sumido en la tristeza más absoluta, o eso me parecía a mí.

Comenzó a jarrear como si una presa en el cielo se hubiera desbordado. Pensé, inocente de mí, que uno de los árboles me protegería, pero no hice sino mojarme un poco más, porque todas las hojas descargaban sobre mí su contenido. Decidí volver. No tengo por costumbre preocuparme por mi ropa cuando llueve, pero caía lo que no está escrito. Aceleré el paso. Al final corrí.

Sentí entonces una sensación de júbilo. Escuché a todo volumen Yellow, de Coldplay. Me recorrió el cuerpo y el alma. Estaba exultante, corriendo con la ropa empapada. Me parecí James Stewart cuando despierta de la pesadilla en Qué bello es vivir, y va recorriendo el pueblo mientras grita y saluda a todo el mundo fuera de sí, porque todo vuelve a ser como era.
Algún coche con el que me crucé casi me atropella, pero en ese momento no me importó. Corría, calado de la cabeza a los pies. Y no había nada más. Estaba feliz, sin saber bien cómo. Quizá el cielo no quiso verme así de hundido, quizá los hombres santos que habitaban el lugar se acordaron en ese momento de los desamparados, quizá llovió y ya está. Yo quedé limpio, transparente, nuevo otra vez, como recién salido del purgatorio. Me encaminaba corriendo hacia casa.

Al alcanzar el porche, me derrumbé en el suelo y me reí de todo. Estuve así unos minutos, pensando y saboreando aquella sensación increíble. Mis padres salieron y me vieron así. Y adivinen la frase que salió de los labios de mi madre. Pero daba igual. Ya nada importaba. Yo estaba curado, por lo menos por una noche, y no existía nada más.

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