jueves, 19 de agosto de 2010

todo lo que tú quieres

Esa mañana se marchó de casa. Ni siquiera había habido juicio. Todavía se querían un poco. Su nuevo piso no estaba tan lejos después de todo.
Pasaron dos semanas. Era incapaz de no pensar en aquellas tres mujeres que le habían quitado de su lado. No sabía bien a quién se dirigía cuando imprecaba al aire, si a un destino injusto o a algo que los controlaba a todos y a veces parecía no darse cuenta de nada. Estaba seguro de que en algún sitio sus reclamaciones eran recogidas pero, si sólo servían para abultar un archivo sobre los problemas de la humanidad, seguía estando como en el principio, como si las quejas no hubieran llegado a ser formuladas jamás.
Un día, harto de su soledad, a la hora de la cena, se dirigió decidido a su antiguo hogar. Anduvo deprisa entre gente extraña que, ajena, no parecía darse cuenta de lo que iba a acontecer en tan solo unos minutos, cuando atravesara otra vez el umbral de su hogar; algo tan grande como recibir un beso sincero de una hija que apenas sabía contar hasta cinco, pero que sin embargo era capaz de levantar el ánimo más hundido y salvar a cualquiera del infierno con un gesto tan gratuito.

Las escaleras hasta el tercer piso apenas le parecieron tres escalones, tantas ganas tenia ya de entrar en su vida de nuevo. Pero al ir a llamar al timbre, se detuvo. Un miedo, una mala conciencia, un arrebato de auto acusación brutal, le instaron a apartar la mano temblorosa del interruptor. Sólo pudo apoyarse en la pared y dejarse caer despacio, pensando siempre en aquel momento estúpido en que, como por un minúsculo instante sospechó, le arruinaba ahora la existencia.
Sentado, más miserable que cualquier vagabundo de la calle, tuvo que conformarse con escuchar, a través de la madera, las voces, las risas, la vida que se desarrollaba a apenas centímetros.
Desolado, pero confortado por lo bueno que él mismo había contribuido a crear, cada noche se acercaba a la misma puerta, y pegaba el oído, buscando oír el mínimo atisbo de aquella vida que seguía sin él, como un barco que ignora a un náufrago, porque un día no se había atrevido a huir.