Y no volvió, nunca. Pero sí supo de él. No era convencional. Un día no recibió la postal del mes. Era un sobre más grande. No lo abrió. Lo depositó encima de la chimenea. Casi lo quemó. Intentó verlo sin abrirlo. No quería ceder. Qué baja, la curiosidad.
Tenía un poco de orgullo en un cajón guardado. Lo buscó, pero sólo encontró postales enviadas a ella desde todo el mundo: Venecia, Génova, Milán, Oslo, Tokio, Baltimore, Kentucky, Texas, Buenos Aires, Liverpool, Dublín, Sevilla, San Diego, Monterrey. No había ninguna de Nueva York. Le prometió que la llevaría. Con él.
Se rió y dejó de buscar el orgullo en los cajones.
Se acordó. El sobre. La chimenea. Meditó. Se engañó. El sobre se abrió. Ella gritó que no había sido. Sorpresa. Una hoja, vacía. Una postal, al fondo.
“He visto el mundo. He llegado a tu ciudad. Una mujer majestuosa con una antorcha me ha impedido el paso. Dijo que esa es la ciudad de las ilusiones, y que una ilusión agria es mortal para el ser humano. He dado la vuelta. Antes de volver a su isla, la mujer me he dado este papel en blanco que acompaña la postal de New Jersey. Imagina lo que me ha dicho. "No la desperdicies".
Y he pensado que la única forma de no hacerlo era no manchándola con más mentiras.
No te quiero. Pero no entré en Nueva York"
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