jueves, 3 de noviembre de 2011

Contento por nada


Escuchamos y cantamos ese gran concierto sentados cómodamente en el Toyota. Habíamos aparcado en la parte alta del barrio, desde dónde veíamos parte de Madrid iluminada.
Tres o cuatro de la mañana, el suelo del coche lleno de chapas de cerveza y buena música para los oídos y las almas tristes. Cambiábamos de posición cada tres o cuatro canciones y cada poco tiempo salíamos a mear en un árbol. El frío de la madrugada, escenario de grandes conversaciones, las mejores, nos despertaba por momentos.
Sobre todo pensamos en nuestras cosas, en cómo salir del estancamiento vital en el que nos encontrábamos, de cómo volver a intentarlo y vencer por fin a la tercera. Nos teníamos el uno al otro al menos.
Seguimos vaciando botellas una detrás de otra un buen rato, fumando y escuchando el concierto.

- ¿Sabes? Yo quiero que mi novia entienda y me quiera en parte por esto que estamos haciendo.

- No, tú quieres que te quiera a pesar de esto.

Salió otra vez el amor, el dolor, el rencor, la vida. Salieron María, Marta, Elena...
Seguimos allí hasta las seis de la mañana. Quizá fue una de las mejores y más tristes noches de mi vida. Triste porque, después de tanto tiempo, seguíamos en las mismas. Mejores por la compañía sincera, porque nos la sudaba la madrugada, por la cerveza, por la música única y genial, también sincera y triste, por las vistas, por la amistad que seguía uniéndonos, eso era igual que siempre.
Descargamos penas, cargándolas en el otro, nos reímos con las burradas que dijimos.
Al terminar una botella, salíamos a estrellarla contra el asfalto, era como si la rabia y la impotencia, el miedo que teníamos, se aliviaran al romperse los cristales. Contentos por nada, hasta que a la mañana siguiente nos pusimos serios.

martes, 1 de noviembre de 2011

En broma te digo

Me ha derribado una canción. Me ha pasado otras veces, no me pilla de nuevas.
¿Me dejo llevar? ¿Hago como que no lo siento? Las perspectivas no son buenas. Parezco viejo, cansado y viejo.
Mi soledad se siente atraída por algunas personas. Me despido de Madrid y pienso por primera vez en mi vida que tengo que irme lejos. A la mierda y empezar otra vez a aprender. ¿Me interesa el mundo? ¿Miro para fuera o para dentro? ¿Quedan fuerzas? Siempre habrá canciones. Si una me golpea así y hay millones, el problema deja de ser temporal. Me preocupan muchas cosas. Otras me importan un carajo. Avanzo despacio, los mejores días.
Me invade la melodía otra vez, seguirá allí hasta que me vaya. Ya no sé si tengo tan claro que saldré de aquí.
Novelas, ese es el objetivo. Moralejas, retratos, profundidad. Exploración de lo humano, de la selva oscura de mi alma.
“Como una apisonadora, arrasas con todo lo que ves.”

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Losing my religion

Este es, sin duda, el mejor sitio dónde descargar la mierda. Mañana no estaré de acuerdo y no sabré explicar esta sensación. Da igual. Necesita respirar.
Estoy cansado, “terriblemente cansado”, como dice uno de los locos de 'Alguien voló sobre el nido del cuco'. Aunque no puedo decir la causa de todo esto, que la sé, quiero darle vueltas escribiendo sobre ello.
Estoy metido hasta el cuello en mierda. En la más repugnante suciedad. Lo he visto todo. Estando aquí estancado no soportas a casi nadie, casi nada se escapa a tu mirada de odio. Te consumes. Te alejas del camino que sabes que es mejor, porque te hace mejor.
Sé lo que es haber llegado a la superficie, navegar por ella. Sólo un tiempo corto, brevísimo, efímero y casi te parece que irreal. Los demás se ríen, se distraen, avanzan y trabajan. Suben y disfrutan, se alegran. Sonríen.
Lo sé, lo he vivido. Pero no he sido capaz de dejar de tocar nunca la línea que separa lo positivo del principio del abismo de lo negativo. No puedo. No quiero tampoco dejarme ayudar. Me sirve con lo que soy para tirar y llegar por los pelos a mi deber. Siempre escucho acordes tristes, imagino miserias, escribo tragedias.
Atormentado, atribulado, si existe.
Dije “Ahora yo” y también me equivocaba. En el pronóstico, la previsión. Dice alguien en una canción que se siente cómodo en el dolor. A veces sí, casi siempre no. Estoy enfermo, terminal. Aún conservo parte de lucidez, migajas de sensatez y sentido común. A veces sí, casi siempre no. Y el camino, este que me lleva a sitios dónde nadie quisiera estar, me atrae cada vez con más fuerza. Y fuerza, para sonreír, para trabajar, para empezar mil veces, es precisamente lo que falta desde hace años. Mañana lo negaré todo.

Reflexiones


Cuando tienes poco, poco es mucho. Cuando tienes mucho, mucho no es nada.

Se puede reír hasta llorar. Una lástima que no sea posible llorar hasta reír.

sábado, 16 de julio de 2011

Always where I need to be

Con una sonrisa casi demencial, después de haber colgado el teléfono, escuchó los últimos acordes de aquella canción especial.
Lo supo. Volvía a ser él, loco, sólo y silencioso, con todos sus defectos, pero él mismo. Se dirigía limpio, otra vez, a casa.

jueves, 7 de julio de 2011

Algún día, de alguna forma

Muy pronto perdí la ilusión por la vida, por vivir. Muy pocas cosas conseguían despertar algo bueno en mí. Cansancio, angustia, muchos pensamientos y tristeza. Vivía haciendo lo justo; mantenía, no sabía bien cómo, amigos y buenas relaciones, pocas pero buenas, con mi entorno. Cada noche se acostaba pensando en lo vacío que había estado su día. Le costaba mucho dormir. Egoísta, no podía evitar pensar mucho en sí mismo, y le daba vueltas y más vueltas a sus a veces insignificantes problemas. Él era la pescadilla y la cola, y no dejaba de morderse y hacerse daño al volver una vez, otra vez y siempre, sobre lo mismo: él.
Su cabeza empezó a fallarle, y pronto se conformó con poco. Según pasaron los años, empezó a rebajar sus expectativas vitales de amor, sobre todo, y de trabajo. No le importaba ya con quién compartir su cama, si hombre o mujer, si joven o ya en la madurez. Se enamoraba un par de veces cada mes, aceptaba cualquier forma de cariño. Sabía y temía que terminaría pagando por ello al cabo de no tanto tiempo. El mundo que se desmoronaba a su alrededor ya no le importaba un cuerno, pero se deprimía siempre que encontraba muertes e injusticias en las páginas del periódico. La impotencia lo invadía y se hundía un poco más.
Pensaba que igual debería haberse quitado de en medio mucho tiempo atrás, cuando empezó a ceder en el terreno de sus deseos y esperanzas. Sin embargo, cada día volvía a levantarse, a vestirse y a vivir, despacio y cansinamente, pero a vivir.
Achacaba esta supervivencia inútil a Dios y a sus oraciones de cada noche, que repetía de rodillas como le había enseñado su padre. Nunca olvidó rezarlas, ni un sólo día dejó de hacerlo. Era, quizá, lo único que le mantenía con vida.

Algún día, estoy seguro, todo cambiará y empezará a apreciar todo lo que le rodea y a vivir lo que le quede con la ilusión que le invadía de niño.

martes, 5 de julio de 2011

Dos gotas

Un día gris se cayeron al mar. Una flotó, la otra siempre se ahogaba. Mientras se hundía, pensaba porqué terminaba siempre hundiéndose si era una gota normal y corriente, como todas las demás. Conocía los motivos, pero no dejaba por ello de sentirse gilipollas. Se hundía y hundía, y no veía nada entre la oscuridad del fondo del mar. Más que nunca se sintió sola.
Aunque la oscuridad le empezaba a resultar dolorosamente familiar, no dejó nunca de arrepentirse de caer por lo mismo. El peso de su tristeza le impedía flotar. Pensó un momento, mientras bajaba más y más, que quizá no fuera la única gota que se hundiera, que el mar, al fin y al cabo, lo formaban millones y millones de gotas como ella. Pero no se sintió aliviada. Pidió perdón sin esperanza, y no sucedió nada. Se arrepintió con llanto y excusas, y tampoco dejó de caer. Por último, encontró dentro de sí un poco de contricción y humildad. Se supo nada especial, como siempre pensó que había sido. Y aún cayó un rato.
Madrid no tiene mar, pero cualquier charco, negro y sucio, puede servir de pantano para una gota pequeña y frágil. Por fin flotó. Así vivió feliz durante un tiempo. El calor le ayudó a volar. Y desde el cielo, un día, dos gotas, junto con cientos de miles, volvieron a caer. La herida, como decía la canción, volvía a sangrar.

sábado, 4 de junio de 2011

No fue lo que iba a ser

Había querido escribir algo dramático, amargo, horrible y miserable, triste, para que las dos o tres personas que quizá lo leyeran pensaran: Ay, que chico tan sensible, qué profundo...
Así de triste era su existencia. Todo se había ido al carajo. Pero lo cierto era que podía haber pasado. Como si están a punto de atropellarte y por alguna extraña circunstancia te salvas. Te llevas el susto, y piensas más claramente en las cosas. Había conseguido escribir esa historia, la historia de cómo se había salvado. Pero cuando la revisaba y releía dio a la tecla equivocada y todo se fue al carajo. Había perdido su historia. Pero lo más curioso era que, después de haberla escrito, ya no se sentía como antes de empezar. Seguía sintiéndose miserable, afortunado, pero no de la misma forma, la que antes le había permitido escribir aquello de lo que se iba a sentir tan orgulloso. Sólo deseaba lucirse? Tan triste era aquello?
Nada, no sé nada. Te pasa al lado, te roza la muerte y el susto y la reflexión necesaria para cambiar se pierde por pulsar la tecla equivocada.

jueves, 2 de junio de 2011

...y se acercó por la espalda, le rozó el hombro y la invitó a bailar

Es delicioso ver a dos personas que se siguen queriendo con tantos años juntos a cuestas. Dos formas de ser que han ido limando sus diferencias hasta encajar perfectamente. Les observas y disfrutas. Se llaman papá y mamá, aún cuando no están sus hijos delante. Se quieren como un par de chiquillos que necesitan a sus padres.
Creo que los tiempos que les tocó vivir a ellos fue algo que les ha marcado para bien. Puede ser difícil de entender, pero no tenían nada. Mi abuelo siempre cuenta el hambre que pasaba en su colegio de Valladolid, y también lo mucho que tenía que ahorrar sólo para comprarse una rosca de churros por diez pesetas en el tiempo del recreo. Y puede ser que hayas escuchado la historia en cuestión quince veces, que esas fábulas no cansan, si de verdad sabes apreciarlas. Da gusto escucharle y contagiarse de sus recuerdos que, aunque vacíos de nada material, están llenos de la riqueza que otorga el haberles faltado de niños. Son fuertes, han aprendido a valorar cada cosa que han conseguido con ilusión y esfuerzo, y eso dura para toda la vida. Es lo que llevan dentro y sienten que deben transmitirlo.

Habíamos asistido a la llamada familiar de la Nochebuena. Es una de las noches más bonitas del año, no solo por su significado religioso, sino porque volvemos a estar todos juntos. La cena fue copiosa, abundante, magnífica. Más tarde tuvieron lugar actuaciones de todas las edades: abuelos, tíos y sobrinos haciendo el idiota por divertir a los demás. Villancicos, poemas, números preparados con cariño por todos para todos.
Después, exhaustos, radiantes de tan buena compañía, cedimos la palabra a la sabiduría de las canas. Mi abuelo comenzó a hablar con el pasado en tono de confidencia. Los más pequeños habían sido vencidos por la noche hacía rato.
Con ochenta y tantos años y una cabeza intacta, mi abuelo rememoró fechas exactas y números de calles que ya no existen sin dudar, hilando recuerdos entre sonrisas de complicidad y “¿te acuerdas?” con mi abuela, que escuchaba a su lado embelesada las mismas mil batallas otra vez. Cincuenta y seis años queriéndole. Para algunos una hazaña, para otros una tarea imposible, de chiflados. Para ella un placer, un servicio constante.

“En el año 1954, los muchachos se divertían jugando partidos de balompié con balones de tela en patios llenos del polvo de la posguerra.
Los jóvenes organizábamos bailes de verano en los pueblos, y nos rifábamos, al resguardo del grupo, a las chicas que acudían ataviadas con sus mejores galas; las había prudentes, otras eran libertinas, desenfrenadas. Yo hacía tiempo que tenía el boleto comprado, y deseaba ser el ganador. Allí estaba ella: alta, elegante, esbelta, decidida, orgullosa de ser mujer; quizá también con alguna papeleta comprada, pero siempre vigilante.”

El auditorio se concentra en la narración; escucha cada palabra que sale de sus labios y la guarda cuidadosamente, como un trocito de experiencia valiosísima, conseguida sin esfuerzo, sin sudor, sabiendo que en el futuro podrá, deberá emplearla cuando la vida ponga la zancadilla. Mi abuela interviene, la historia es de los dos.

“Y se acercó por la espalda, me rozó el hombro y me invitó a bailar. Yo seguía alerta. Había oído hablar de él. El muchacho que yo tenía delante parecía casi un hombre. Mientras hablaba, me di cuenta. Educado, formal, sensato y con buenas maneras. Humilde. Lo probé. Aquella prueba decidió mi futuro. Fue con mala idea, no sé bien por qué lo hice. El caso es que, sin ningún tipo de introducción, comencé a recitar mi poema favorito al aire, sin mirarle, mientras bailábamos.”

Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si engañado, no engañas, si no buscas más odio,
que el odio que te tengan...
Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres;
si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.
Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida...

“Y sin saberlo, me indicó el camino.” El abuelo prosigue. “En ese momento, continué recitando el poema sin dudar”. “Esperaba desarmarle”, añade mi abuela, “y sólo logré darle la clave para conquistarme. Fue sin duda la mejor idea estúpida que he tenido en mi vida.”

Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día;
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.
Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,
aún después de su fuga de tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo cuando no quede nada porque
tú lo deseas y lo quieres y mandas.
Si marchas junto a Reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.
Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
de sesenta segundos que te lleven al cielo...
Todo lo de esta tierra será de tu dominio, y mucho más aún:
serás Hombre, hijo mío.

Acertó de lleno en su corazón. La abuela, aunque sorprendida, no se entregó aún.
Pero el abuelo, humilde y sutil como pocos he conocido, soltándole la cintura, sólo la hizo girar sobre sí misma otra vez al ritmo de la balada.

martes, 5 de abril de 2011

Pero cómo explicar...

La patrulla hace el recorrido habitual por las calles del barrio de Glenclove. Los dos policías charlan amistosamente cuando la radio del viejo Ford aulla con el tono aburrido de la operadora, Maggie Hunt.

- Patrulla 23, diríjanse al número 10 de Fessenden con la 54, se está produciendo un robo en una tienda de libros...

El copiloto alarga cansinamente la mano izquierda y alcanza el transmisor.

- Aquí patrulla 23, recibido, vamos para allá. Corto.

Después, sin mirar al conductor, le confiesa:

- Dentro de poco terminaré con esto. Son demasiados años sin hacer otra cosa, necesito descansar. (...) Me voy a jubilar, mañana hablaré con el comisario.



Todo el coche se queja al girar por Fessenden con la 54. Por su tranquilidad, más que a evitar un robo, los dos policías parecen ir a tomarse una cerveza al bar de Paul Mclasky.
Poco antes de llegar al número 10, las sirenas del automóvil se ponen en marcha y toda la calle advierte su presencia. Pero hace ya unas horas que llegó la madrugada y nada en ella reacciona. Aparcan y se bajan del vehículo. El número 10 está delante de ellos. El cristal de la puerta de la tienda está roto sin cuidado. Saben qué ha podido pasar. Los descuidos en ese tipo de golpes suelen ser obra de yonkies que no piensan en el rastro que dejan, enfermos como están por volver a sentir la aguja en sus venas al refugio de cuatro paredes.
Ante semejante silencio los dos hombres se llevan las manos al cinto.
Ahora ninguno habla.
Una seña del primero y George sabe que cubrirá a su compañero.
Después, si habéis visto alguna película de policías americanos, viene lo que os imagináis. Patada a la puerta, “¡arriba las manos o disparo!, etc.
En el interior de la tienda sigue habiendo silencio y oscuridad. George busca torpemente un interruptor en la pared, junto a la puerta, mientras Charlie, así se llama su compañero, sigue apuntando al frente, a la espera de reaccionar ante cualquier amenaza. De repente una señal.
Charlie hace callar a su amigo con un gesto.

- ¡Escucha!

Otra vez el silencio, la nada en los oídos. Pero después de un par de segundos, Charlie lo oye también. Es un sonido extrañamente familiar; cotidiano es la palabra que le viene a la mente. Y, por fin, cae en la cuenta. En un susurro le comenta el hallazgo al otro policía.

- ¡Estamos en una librería! ¡Alguien está pasando las hojas de un libro!

Los dos hombres avanzan con las armas en alto hacia el interior de la tienda. George no encontró el interruptor, y por eso deben avanzar con mucho cuidado.

- ¡Ahí, mira!

Detrás de una mesa repleta de la colección de libros de “La familia rabbit”, sentado en el suelo, hay un hombre. A su alrededor hay varios montones de libros infantiles apilados, y el hombre sostiene abierto uno pequeño que, según pueden distinguir, versa sobre un bombero que acaba de salvar a un gato que había escalado a un árbol muy alto.
El hombre balbucea algunas palabras muy concentrado.



En el viejo Ford, los dos policías permanecen en silencio. En la parte de atrás, tras la reja de seguridad, un hombre que ha superado la cuarentena, mira distraído por la ventana. Fuera hace frío, y el cristal está helado. Pero él mira más allá, sin ver; sólo susurra y gime por momentos. No pueden escuchar lo que dice.
Al llegar a comisaría, esposado, lo sacan del coche y lo introducen en una de las celdas que hay en el sótano. El prisionero es completamente sumiso y se ha dejado guiar en todo momento; de la tienda de libros al coche; del coche directamente a la celda.
Esa noche no hay muchos huéspedes, sólo Mike Gordon, un habitual que provoca peleas en los bares después de beberse toda la botella de algún tipo de alcohol.
El hombre que miraba más allá del hielo se sienta sin oponer resistencia en el colchón. No tiene mucho grosor, apenas unos diez centímetros.
La puerta de la celda se cierra sin admitir piedad ni réplica alguna. Pero él no dice nada.




En la recepción, la secretaria, Maggie Hunt, apunta la información que le dictan los policías. Habla el que se jubilará próximamente.

- ...dirección: 10 de Fessenden con la 54, tienda de libros infantiles “Tierna infancia”. El detenido es un hombre de cuarenta y tres años, norteamericano. Se ha identificado como Roy Samuels. Después de romper el cristal de la puerta, el sujeto de introdujo en la tienda y... y ...

- ¿Y qué?

George parece dudar, parece no haber terminado de asimilar lo que ha sucedido. Mira a Charlie y por fin responde:

- Roy Samuels estaba leyendo libros infantiles, sentado en el suelo de la tienda llamada “Tierna infancia”. La caja no había sido forzada y no había desperfectos importantes. Ese individuo pasará aquí la noche y mañana intentaremos ponernos en contacto con algún familiar.
- ¿Cómo dice? – En el rostro de Maggie se han arrugado por un instante dos líneas.
George interviene zanjando la cuestión. No es hombre de tonterías nimias, hace su trabajo y no se deja sorprender por tales circunstancias.
- Lo que has oído, Maggie. Apúntalo y acúsale de asalto. Hablaremos con el comisario. Charlie y yo vamos a tomar una cerveza.

Maggie se ha quedado muda; después de treinta años haciendo partes de todo tipo de crímenes, uno ha conseguido desconcertarla. ¿Un asalto sin botín?
Es inteligente y orgullosa, pero a pesar de todo su mente no acierta a resolver el problema. Después de pensar unos instantes mirando al vacío, abandona su puesto y baja las escaleras hacia los sótanos. Es tarde en la madrugada, casi las seis.
El hombre que le han descrito como Roy Samuels está sentado al borde del colchón, mirando al suelo. No está dormido, Maggie puede ver que mantiene la tensión en el cuello.

- Disculpe – le llama, con el cierto temor del que sabe que no debe estar haciendo algo.

Y la voz dulce que le responde la desarma un poco más.

- Dígame.
- ¿Es usted Roy Samuels?
- Soy yo, ¿qué ocurre?
- ¿Puedo preguntarle qué hacía en la librería esta noche?

El hombre sonríe sencillamente y se acerca a la reja que lo separa del mundo. Sus dedos limpios rodean los barrotes despacio y su nariz asoma debajo de unos ojos saltones, como de chiflado.

- Leía... estaba leyendo.
- Pero eso podía hacerlo por la mañana. Quiero decir, ¿por qué asaltar una tienda de madrugada si su motivo no era robarla?
- Quería leer historias.
Maggie sigue sin comprender aunque intuye que si sigue preguntando averiguará algo doloroso o quizá destructivo escondido detrás de semejante dulzura.
- Podría explicarme por qué...
- Verá usted, necesito aprenderme muchas historias, miles de historias. En la tienda, leía e intentaba recordar cada palabra, cada dibujo de cada página.
- ¿Para qué?

Roy Samuels deja de mirarla y centra su a tensión en el suelo. Maggie ve caer una lágrima al suelo.

- Tengo una hija de cuatro años. Cada noche me pide un cuento, ¿sabe? Aún es muy pequeña, y no puede dormir sin escuchar uno.

El prisionero vuelve a mirarla y no oculta el llanto mientras sigue explicándose.

- Y yo nunca he sido bueno contando historias, nunca he sabido explicar bien los detalles que hacen bonitas y ricas las historias. Y ella no se dormía, y lloraba, y mi mujer se despertaba, y se enfadaba, porque madruga mucho... (...) Se la llevó, ¿sabe? Un día me levanté y ella faltaba en la cama. Tampoco estaba mi hija en su habitación. Era sábado.

La secretaria le observa con sorpresa triste en los ojos, intentando comprender porqué a un acto de amor semejante se le llama hoy locura. El hombre le mira también e, ido, responde, desesperado:

- ¿Oye lo que le estoy diciendo? Mi mujer no estaba a mi lado, ¡y era sábado...!