En Madrid, cuando ya no molesta el sol, nos espera un lugar que nos recibe con los brazos abiertos. Es casi sagrado para nosotros, como nuestro refugio, nuestra segunda casa. Es un tejado, una especie de azotea, “La chimenea” para nosotros.
Parece un torreón. Se asemeja a los que en la Edad Media servían para vigilar el horizonte. Por las escaleras, después del décimo piso, si continúas subiendo por las escaleras, descubres una puerta en la que se advierte del peligro de cruzarla.
Para nosotros es como una invitación, una sugerencia escondida. Hay que saber entender a las puertas prohibidas. Si dicen ¡no pases!, debes entrar, siempre.
Porque detrás de las puertas prohibidas está lo mejor de la vida. Cuando cruzamos esa puerta y recibimos el aire frío en la cara, nos damos cuenta de que algo se ha transformado en nosotros. Pero todavía no hemos llegado. Aún debemos arriesgar y jugárnoslo todo. “La chimenea” se encuentra en lo alto y por un momento nuestros pies no tocarán el suelo y podremos sentir el peligroso vacío debajo de nosotros.
Setenta metros nos separan del suelo. Casi podemos tocar el cielo.
Arriba, lo que es realmente la chimenea, las paredes, un día de ladrillo rojizo, son ahora de un aspecto tiznado, triste. Me recuerda a menudo a la escena de los deshollinadores bailando en el tejado, en Mary Poppins. Nuestra guarida es sencilla, un recinto vacío que invadimos con confidencias y grandes historias. Cuando estoy allí pienso en la gente que no entiende este tipo de cosas, y pienso que yo no puedo entenderlos a ellos.
En las noches de invierno nos resguarda del viento helado una pared de metro y medio de altura. Pegados a ella, sentados, juntos hombro con hombro, fumando pitillos clandestinos, nos sentimos amigos. En primavera y verano las veladas son más agradecidas, y podemos asomarnos a mirar sin necesidad de resguardo ni abrigo. El panorama que desde allí se contempla es grandioso. Un regalo más, de la capital.
No olvidarás nunca lo que estarás viendo. Desde allí arriba, vemos el mundo iluminado. Las farolas no fueron inventadas para iluminar las calles; se pusieron ahí para los que miramos el mundo desde lo alto, para que pudiéramos observar nuestros dominios y sentirnos orgullosos de nuevo. Desde lo alto, hablamos con la luna y podemos contarle al oído nuestros sueños y anhelos mas sinceros. Subidos a la chimenea, los gatos escuchamos “Pereza”, y gritamos sus letras geniales.
“La más bonita que ninguna, ponía a la peña de pie, con más noches que la luna, estaba todo bien. Probaste fortuna con héroes de barrio, y conmigo también. La estrella de los tejados, los más rock n’roll de por aquí. Los gatos andábamos colgados de Lady Madrid. Pitillos ajustados, era de Burning, Ronaldos y Lou Reed, y nunca hablaron los diarios de Lady Madrid”.
Y luego ese solo de guitarra que primero se hunde y luego se eleva como un fuego artificial para estallar e iluminar el cielo.
Cantando, de pie con un cigarro en los labios y una cerveza en la mano, somos dioses.
1 comentario:
con la ilusion de ser el primer comentarista de este mundillo de humo y cigarros
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