martes, 5 de julio de 2011

Dos gotas

Un día gris se cayeron al mar. Una flotó, la otra siempre se ahogaba. Mientras se hundía, pensaba porqué terminaba siempre hundiéndose si era una gota normal y corriente, como todas las demás. Conocía los motivos, pero no dejaba por ello de sentirse gilipollas. Se hundía y hundía, y no veía nada entre la oscuridad del fondo del mar. Más que nunca se sintió sola.
Aunque la oscuridad le empezaba a resultar dolorosamente familiar, no dejó nunca de arrepentirse de caer por lo mismo. El peso de su tristeza le impedía flotar. Pensó un momento, mientras bajaba más y más, que quizá no fuera la única gota que se hundiera, que el mar, al fin y al cabo, lo formaban millones y millones de gotas como ella. Pero no se sintió aliviada. Pidió perdón sin esperanza, y no sucedió nada. Se arrepintió con llanto y excusas, y tampoco dejó de caer. Por último, encontró dentro de sí un poco de contricción y humildad. Se supo nada especial, como siempre pensó que había sido. Y aún cayó un rato.
Madrid no tiene mar, pero cualquier charco, negro y sucio, puede servir de pantano para una gota pequeña y frágil. Por fin flotó. Así vivió feliz durante un tiempo. El calor le ayudó a volar. Y desde el cielo, un día, dos gotas, junto con cientos de miles, volvieron a caer. La herida, como decía la canción, volvía a sangrar.

No hay comentarios: