Un día gris se cayeron al mar. Una flotó, la otra siempre se ahogaba. Mientras se hundía, pensaba porqué terminaba siempre hundiéndose si era una gota normal y corriente, como todas las demás. Conocía los motivos, pero no dejaba por ello de sentirse gilipollas. Se hundía y hundía, y no veía nada entre la oscuridad del fondo del mar. Más que nunca se sintió sola.
Aunque la oscuridad le empezaba a resultar dolorosamente familiar, no dejó nunca de arrepentirse de caer por lo mismo. El peso de su tristeza le impedía flotar. Pensó un momento, mientras bajaba más y más, que quizá no fuera la única gota que se hundiera, que el mar, al fin y al cabo, lo formaban millones y millones de gotas como ella. Pero no se sintió aliviada. Pidió perdón sin esperanza, y no sucedió nada. Se arrepintió con llanto y excusas, y tampoco dejó de caer. Por último, encontró dentro de sí un poco de contricción y humildad. Se supo nada especial, como siempre pensó que había sido. Y aún cayó un rato.
Madrid no tiene mar, pero cualquier charco, negro y sucio, puede servir de pantano para una gota pequeña y frágil. Por fin flotó. Así vivió feliz durante un tiempo. El calor le ayudó a volar. Y desde el cielo, un día, dos gotas, junto con cientos de miles, volvieron a caer. La herida, como decía la canción, volvía a sangrar.
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