Había querido escribir algo dramático, amargo, horrible y miserable, triste, para que las dos o tres personas que quizá lo leyeran pensaran: Ay, que chico tan sensible, qué profundo...
Así de triste era su existencia. Todo se había ido al carajo. Pero lo cierto era que podía haber pasado. Como si están a punto de atropellarte y por alguna extraña circunstancia te salvas. Te llevas el susto, y piensas más claramente en las cosas. Había conseguido escribir esa historia, la historia de cómo se había salvado. Pero cuando la revisaba y releía dio a la tecla equivocada y todo se fue al carajo. Había perdido su historia. Pero lo más curioso era que, después de haberla escrito, ya no se sentía como antes de empezar. Seguía sintiéndose miserable, afortunado, pero no de la misma forma, la que antes le había permitido escribir aquello de lo que se iba a sentir tan orgulloso. Sólo deseaba lucirse? Tan triste era aquello?
Nada, no sé nada. Te pasa al lado, te roza la muerte y el susto y la reflexión necesaria para cambiar se pierde por pulsar la tecla equivocada.
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