Es delicioso ver a dos personas que se siguen queriendo con tantos años juntos a cuestas. Dos formas de ser que han ido limando sus diferencias hasta encajar perfectamente. Les observas y disfrutas. Se llaman papá y mamá, aún cuando no están sus hijos delante. Se quieren como un par de chiquillos que necesitan a sus padres.
Creo que los tiempos que les tocó vivir a ellos fue algo que les ha marcado para bien. Puede ser difícil de entender, pero no tenían nada. Mi abuelo siempre cuenta el hambre que pasaba en su colegio de Valladolid, y también lo mucho que tenía que ahorrar sólo para comprarse una rosca de churros por diez pesetas en el tiempo del recreo. Y puede ser que hayas escuchado la historia en cuestión quince veces, que esas fábulas no cansan, si de verdad sabes apreciarlas. Da gusto escucharle y contagiarse de sus recuerdos que, aunque vacíos de nada material, están llenos de la riqueza que otorga el haberles faltado de niños. Son fuertes, han aprendido a valorar cada cosa que han conseguido con ilusión y esfuerzo, y eso dura para toda la vida. Es lo que llevan dentro y sienten que deben transmitirlo.
Habíamos asistido a la llamada familiar de la Nochebuena. Es una de las noches más bonitas del año, no solo por su significado religioso, sino porque volvemos a estar todos juntos. La cena fue copiosa, abundante, magnífica. Más tarde tuvieron lugar actuaciones de todas las edades: abuelos, tíos y sobrinos haciendo el idiota por divertir a los demás. Villancicos, poemas, números preparados con cariño por todos para todos.
Después, exhaustos, radiantes de tan buena compañía, cedimos la palabra a la sabiduría de las canas. Mi abuelo comenzó a hablar con el pasado en tono de confidencia. Los más pequeños habían sido vencidos por la noche hacía rato.
Con ochenta y tantos años y una cabeza intacta, mi abuelo rememoró fechas exactas y números de calles que ya no existen sin dudar, hilando recuerdos entre sonrisas de complicidad y “¿te acuerdas?” con mi abuela, que escuchaba a su lado embelesada las mismas mil batallas otra vez. Cincuenta y seis años queriéndole. Para algunos una hazaña, para otros una tarea imposible, de chiflados. Para ella un placer, un servicio constante.
“En el año 1954, los muchachos se divertían jugando partidos de balompié con balones de tela en patios llenos del polvo de la posguerra.
Los jóvenes organizábamos bailes de verano en los pueblos, y nos rifábamos, al resguardo del grupo, a las chicas que acudían ataviadas con sus mejores galas; las había prudentes, otras eran libertinas, desenfrenadas. Yo hacía tiempo que tenía el boleto comprado, y deseaba ser el ganador. Allí estaba ella: alta, elegante, esbelta, decidida, orgullosa de ser mujer; quizá también con alguna papeleta comprada, pero siempre vigilante.”
El auditorio se concentra en la narración; escucha cada palabra que sale de sus labios y la guarda cuidadosamente, como un trocito de experiencia valiosísima, conseguida sin esfuerzo, sin sudor, sabiendo que en el futuro podrá, deberá emplearla cuando la vida ponga la zancadilla. Mi abuela interviene, la historia es de los dos.
“Y se acercó por la espalda, me rozó el hombro y me invitó a bailar. Yo seguía alerta. Había oído hablar de él. El muchacho que yo tenía delante parecía casi un hombre. Mientras hablaba, me di cuenta. Educado, formal, sensato y con buenas maneras. Humilde. Lo probé. Aquella prueba decidió mi futuro. Fue con mala idea, no sé bien por qué lo hice. El caso es que, sin ningún tipo de introducción, comencé a recitar mi poema favorito al aire, sin mirarle, mientras bailábamos.”
Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si engañado, no engañas, si no buscas más odio,
que el odio que te tengan...
Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres;
si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.
Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida...
“Y sin saberlo, me indicó el camino.” El abuelo prosigue. “En ese momento, continué recitando el poema sin dudar”. “Esperaba desarmarle”, añade mi abuela, “y sólo logré darle la clave para conquistarme. Fue sin duda la mejor idea estúpida que he tenido en mi vida.”
Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día;
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.
Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,
aún después de su fuga de tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo cuando no quede nada porque
tú lo deseas y lo quieres y mandas.
Si marchas junto a Reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.
Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
de sesenta segundos que te lleven al cielo...
Todo lo de esta tierra será de tu dominio, y mucho más aún:
serás Hombre, hijo mío.
Acertó de lleno en su corazón. La abuela, aunque sorprendida, no se entregó aún.
Pero el abuelo, humilde y sutil como pocos he conocido, soltándole la cintura, sólo la hizo girar sobre sí misma otra vez al ritmo de la balada.
1 comentario:
Es una historia impresionante, preciosa, de verdad... he llorado leyéndola.
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