La patrulla hace el recorrido habitual por las calles del barrio de Glenclove. Los dos policías charlan amistosamente cuando la radio del viejo Ford aulla con el tono aburrido de la operadora, Maggie Hunt.
- Patrulla 23, diríjanse al número 10 de Fessenden con la 54, se está produciendo un robo en una tienda de libros...
El copiloto alarga cansinamente la mano izquierda y alcanza el transmisor.
- Aquí patrulla 23, recibido, vamos para allá. Corto.
Después, sin mirar al conductor, le confiesa:
- Dentro de poco terminaré con esto. Son demasiados años sin hacer otra cosa, necesito descansar. (...) Me voy a jubilar, mañana hablaré con el comisario.
Todo el coche se queja al girar por Fessenden con la 54. Por su tranquilidad, más que a evitar un robo, los dos policías parecen ir a tomarse una cerveza al bar de Paul Mclasky.
Poco antes de llegar al número 10, las sirenas del automóvil se ponen en marcha y toda la calle advierte su presencia. Pero hace ya unas horas que llegó la madrugada y nada en ella reacciona. Aparcan y se bajan del vehículo. El número 10 está delante de ellos. El cristal de la puerta de la tienda está roto sin cuidado. Saben qué ha podido pasar. Los descuidos en ese tipo de golpes suelen ser obra de yonkies que no piensan en el rastro que dejan, enfermos como están por volver a sentir la aguja en sus venas al refugio de cuatro paredes.
Ante semejante silencio los dos hombres se llevan las manos al cinto.
Ahora ninguno habla.
Una seña del primero y George sabe que cubrirá a su compañero.
Después, si habéis visto alguna película de policías americanos, viene lo que os imagináis. Patada a la puerta, “¡arriba las manos o disparo!, etc.
En el interior de la tienda sigue habiendo silencio y oscuridad. George busca torpemente un interruptor en la pared, junto a la puerta, mientras Charlie, así se llama su compañero, sigue apuntando al frente, a la espera de reaccionar ante cualquier amenaza. De repente una señal.
Charlie hace callar a su amigo con un gesto.
- ¡Escucha!
Otra vez el silencio, la nada en los oídos. Pero después de un par de segundos, Charlie lo oye también. Es un sonido extrañamente familiar; cotidiano es la palabra que le viene a la mente. Y, por fin, cae en la cuenta. En un susurro le comenta el hallazgo al otro policía.
- ¡Estamos en una librería! ¡Alguien está pasando las hojas de un libro!
Los dos hombres avanzan con las armas en alto hacia el interior de la tienda. George no encontró el interruptor, y por eso deben avanzar con mucho cuidado.
- ¡Ahí, mira!
Detrás de una mesa repleta de la colección de libros de “La familia rabbit”, sentado en el suelo, hay un hombre. A su alrededor hay varios montones de libros infantiles apilados, y el hombre sostiene abierto uno pequeño que, según pueden distinguir, versa sobre un bombero que acaba de salvar a un gato que había escalado a un árbol muy alto.
El hombre balbucea algunas palabras muy concentrado.
En el viejo Ford, los dos policías permanecen en silencio. En la parte de atrás, tras la reja de seguridad, un hombre que ha superado la cuarentena, mira distraído por la ventana. Fuera hace frío, y el cristal está helado. Pero él mira más allá, sin ver; sólo susurra y gime por momentos. No pueden escuchar lo que dice.
Al llegar a comisaría, esposado, lo sacan del coche y lo introducen en una de las celdas que hay en el sótano. El prisionero es completamente sumiso y se ha dejado guiar en todo momento; de la tienda de libros al coche; del coche directamente a la celda.
Esa noche no hay muchos huéspedes, sólo Mike Gordon, un habitual que provoca peleas en los bares después de beberse toda la botella de algún tipo de alcohol.
El hombre que miraba más allá del hielo se sienta sin oponer resistencia en el colchón. No tiene mucho grosor, apenas unos diez centímetros.
La puerta de la celda se cierra sin admitir piedad ni réplica alguna. Pero él no dice nada.
En la recepción, la secretaria, Maggie Hunt, apunta la información que le dictan los policías. Habla el que se jubilará próximamente.
- ...dirección: 10 de Fessenden con la 54, tienda de libros infantiles “Tierna infancia”. El detenido es un hombre de cuarenta y tres años, norteamericano. Se ha identificado como Roy Samuels. Después de romper el cristal de la puerta, el sujeto de introdujo en la tienda y... y ...
- ¿Y qué?
George parece dudar, parece no haber terminado de asimilar lo que ha sucedido. Mira a Charlie y por fin responde:
- Roy Samuels estaba leyendo libros infantiles, sentado en el suelo de la tienda llamada “Tierna infancia”. La caja no había sido forzada y no había desperfectos importantes. Ese individuo pasará aquí la noche y mañana intentaremos ponernos en contacto con algún familiar.
- ¿Cómo dice? – En el rostro de Maggie se han arrugado por un instante dos líneas.
George interviene zanjando la cuestión. No es hombre de tonterías nimias, hace su trabajo y no se deja sorprender por tales circunstancias.
- Lo que has oído, Maggie. Apúntalo y acúsale de asalto. Hablaremos con el comisario. Charlie y yo vamos a tomar una cerveza.
Maggie se ha quedado muda; después de treinta años haciendo partes de todo tipo de crímenes, uno ha conseguido desconcertarla. ¿Un asalto sin botín?
Es inteligente y orgullosa, pero a pesar de todo su mente no acierta a resolver el problema. Después de pensar unos instantes mirando al vacío, abandona su puesto y baja las escaleras hacia los sótanos. Es tarde en la madrugada, casi las seis.
El hombre que le han descrito como Roy Samuels está sentado al borde del colchón, mirando al suelo. No está dormido, Maggie puede ver que mantiene la tensión en el cuello.
- Disculpe – le llama, con el cierto temor del que sabe que no debe estar haciendo algo.
Y la voz dulce que le responde la desarma un poco más.
- Dígame.
- ¿Es usted Roy Samuels?
- Soy yo, ¿qué ocurre?
- ¿Puedo preguntarle qué hacía en la librería esta noche?
El hombre sonríe sencillamente y se acerca a la reja que lo separa del mundo. Sus dedos limpios rodean los barrotes despacio y su nariz asoma debajo de unos ojos saltones, como de chiflado.
- Leía... estaba leyendo.
- Pero eso podía hacerlo por la mañana. Quiero decir, ¿por qué asaltar una tienda de madrugada si su motivo no era robarla?
- Quería leer historias.
Maggie sigue sin comprender aunque intuye que si sigue preguntando averiguará algo doloroso o quizá destructivo escondido detrás de semejante dulzura.
- Podría explicarme por qué...
- Verá usted, necesito aprenderme muchas historias, miles de historias. En la tienda, leía e intentaba recordar cada palabra, cada dibujo de cada página.
- ¿Para qué?
Roy Samuels deja de mirarla y centra su a tensión en el suelo. Maggie ve caer una lágrima al suelo.
- Tengo una hija de cuatro años. Cada noche me pide un cuento, ¿sabe? Aún es muy pequeña, y no puede dormir sin escuchar uno.
El prisionero vuelve a mirarla y no oculta el llanto mientras sigue explicándose.
- Y yo nunca he sido bueno contando historias, nunca he sabido explicar bien los detalles que hacen bonitas y ricas las historias. Y ella no se dormía, y lloraba, y mi mujer se despertaba, y se enfadaba, porque madruga mucho... (...) Se la llevó, ¿sabe? Un día me levanté y ella faltaba en la cama. Tampoco estaba mi hija en su habitación. Era sábado.
La secretaria le observa con sorpresa triste en los ojos, intentando comprender porqué a un acto de amor semejante se le llama hoy locura. El hombre le mira también e, ido, responde, desesperado:
- ¿Oye lo que le estoy diciendo? Mi mujer no estaba a mi lado, ¡y era sábado...!
2 comentarios:
genial, me ha molado
1abrzo
Me ha gustado mucho tu relato, Coke. Me da pena que este mes no nos hayamos conseguido ver por Pamplona... Te llamaré algún día desde Bilbo! Pásate por mi blog... Le he pegado una pequeña lavada de cara. Un abrazo!
Pablo.
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